domingo, 10 de abril de 2011

Las flores del mar

José Luis Exeni
jlexeni@hotmail.com

Nosotros decimos multilateralidad; ellos, bilateralidad. Para nosotros es una demanda histórica y, por tanto, irrenunciable; para ellos, no hay asuntos pendientes, ergo, nada que decidir. En nuestra Constitución y sentires habita la soberanía; en los de ellos, está vetada. Nuestra política, en fin, es la del SÍ; la de ellos, torpe, arrogante, es la del NO. Así no hay diálogo posible. ¿O sí?

Rompiendo la rutina de cada "Día del Mar", ésa de los desfiles para renovar el inútil autoflagelamiento, el 23 de marzo último vino con zarandeo al más alto nivel. Y es que tras cinco años de diálogo inconducente sobre nuestra demanda marítima, el presidente Morales anunció un drástico giro en la política estatal boliviana sobre el añejo tema. No está mal. Y era necesario.

Contra toda evidencia, esta vez no se trató de una incontinencia-exceso verbal ni de un lapsus para inmediata "aclaración" del vocero. Tampoco hubo improvisación o desatino. No compareció la experiencia personal ni el buen/mal deseo. El sorpresivo anuncio presidencial, para beneplácito nuestro, tuvo origen en una decisión previa, bien meditada. Y llegó escrito, con fundamento.

Así, tras 132 años de injusto enclaustramiento por obra del vecino país, el Estado Plurinacional boliviano optó por llevar nuestra demanda marítima ante tribunales internacionales. No renunció, por ello, al camino del diálogo, en especial para los otros 12 puntos de la agenda bilateral. Y es que de dialogar podemos seguir dialogando ad nauseam, pero no es suficiente.

¿Por qué tensar las relaciones con Chile cuando supuestamente estábamos al borde de un acuerdo? ¿No valía la pena esperar un poco más habida cuenta de que –Canciller dixit– sólo faltaba la propuesta escrita? ¿No era más sensato aceptar la opción intermedia (acceso útil pero no soberano al Pacífico) como etapa de transición? ¿Era necesario, en fin, patear el diplomático tablero?

Para empezar, tengo la impresión de que, a reserva del buen espíritu de la ex presidenta Bachelet y los buenos avances logrados con ella en clave de aspiración, la política oficial de nuestros vecinos no se mueve ni un milímetro. Todo está resuelto desde el Tratado de 1904, por tanto, cualquier concesión será a título de peor-es-nada-y-agradezcan. Cero soberanía, bolivianitas/anitos.

¿O es que realmente creímos, ilusos, que la política del buen vecino civilizado que dialoga hasta morir terminaría ablandando el corazón de los decisores chilenos? ¿Por qué? ¿Acaso no demostraron durante más de cien años que eso puede ser simpático y hasta atractivo, pero no funciona? ¿No era evidente que nos estaban "pasteando" con el monólogo absoluto del No?

Sea como fuese, la nueva política estatal boliviana –que no cálculo coyuntural o de imagen, como quisieron ver algunos mezquinos opositores–, con la premisa de que no renunciaremos a nuestro derecho pacífico de recuperar cualidad marítima, nos plantea como país un arriesgado-complejo escenario, amén de prolongado, ante la comunidad internacional y sus tribunales.

¿Conseguiremos algo, mucho, nada con esta opción por la multilateralidad, por supuesto rechazada precozmente por nuestros vecinos, tributarios de lo bilateral a toda costa? Eso depende. Al menos la/esta decisión la hemos tomado nosotros. Habrá que esperar que la nueva Dirección de Reivindicación Marítima, y la estrategia resultante, sean de todas y todos. Las señales son alentadoras.

Desde que tengo memoria, en el hogar, en el barrio, en la escuela, me enseñaron a despreciar nuestro obligado-injusto ser mediterráneo. Y el culpable era Chile. Por eso no me pidan que respete un Tratado impuesto por la fuerza. Por eso no me obliguen a decidir entre el "diálogo" y la exigencia legal. ¿Se rompió la confianza? Puede ser. Quiero creer, a cambio, que reverdeció la dignidad.