lunes, 10 de octubre de 2011

Perdon por cambiar de tema.

Fabian Restivo
unfotografo@hotmail.com

La vida me dio unos pocos amigos con quienes discuto como de verdad me gusta; gritando, golpeando la mesa, insultando a mi discutidor, tratándolo de imbécil, de ignorante. Escuchando los mismos insultos a los gritos. Cosas imperdonables e irreproducibles. Esas discusiones siempre terminan igual: se abre una botella de vino, se revisan recuerdos, se cocinan unos fideos a la boloñesa o se pone una carne a la parrilla y nos reímos del resto del mundo hasta que amanece. Allí no se cuidan las formas, no se inventas parábolas estériles, no se llama a las cosas por el nombre que las cosas no tienen. Allí no se miente, no se maquilla la verdad propia ni se justifica la mentira ajena. Con mis amigos las cosas "son lo que son". Con un absolutismo que el mundo civilizado vería con envidia y espanto. Somos pares y entre bueyes no hay cornadas.

Alguna noche y sin querer, nos agarró la discusión en un bar y acabamos despedidos por el dueño, acusados de escándalo y con amenaza policial por alterar el orden publico, con algún intento comedido de "separarnos". Salimos descompuestos de risa con una conclusión de loco feliz: la gente no nos entiende. Algunas otras veces, en la casa, algún invitado reciente intentó caer simpático dándole la razón a alguno de los exaltados y acabo carajeado por nosotros. Los nuevos no tienen vela en este entierro. Como dice mi amigo Oscar cuando alguien trata de meterse: "vos te callas, los de afuera son de palo!". Así es el amor viejo y las amistades antiguas: cerradas. Nadie entra ahí. Ni los invitados. No permitimos consejos de extraños, ni opiniones de recién llegados. Lo que es entre nosotros no necesita intermediarios, sencillamente porque no nos da la gana de escucharlos. A un amigo se le permite todo lo que se le prohíbe a un conocido. Y tantos años de amistad construida en alegrías, complicidades, desgracias, traiciones honestas y verdades crueles, nos permiten despedazarnos sin consuelo ni arrepentimientos.

Algunas veces llegamos a conclusiones importantes, y siempre quedan asuntos pendientes con frases como "ya vamos a hablar de esto después, así que no pongas cara de idiota ni me des la razón como a los locos. No quiero tener razón, quiero seguir discutiendo. Y abrí el vino de una vez. Carajo!..Esto me pasa por tener amigos de mierda…". Las carcajadas y las críticas al cocinero, sellan la posibilidad de que aniden rencores innecesarios.

No somos originales. Así funciona el mundo. Cada grupo de personas tiene códigos comunes donde solo entran los convocados, que conocen las miradas, la forma de atacar y hasta el modo de retroceder. Incluso en el gesto de dejar entrar al nuevo que (sin que lo sepa) será sacrificado para beneplácito de los protagonistas. Claro que no somos iguales, pero sabemos donde nos encontramos y desencontramos sin rencores ni sorpresas.

A veces es doloroso, pero también sabemos como se curan esos dolores. Sabemos que eso sucederá después, cuando pase la tormenta que puntillosamente nos abocamos a construir. No escuchamos consejos de los teóricos. La teoría y la práctica no siempre se llevan. Y una cosa es estar allí y otra muy distinta mirarla de palco. En el palco están los que gritan, azuzan, aplauden, se desesperan por no poder entrar. En el palco están (como en el futbol) esos teóricos. Ellos discuten las postrimerías, hacen cálculos sobre los cálculos desconocidos de los jugadores. Pueden inclusive, agarrarse a golpes en la puerta del estadio y morirán de sorpresa al ver a los jugadores de ambos equipos, tomando cerveza y riendo juntos en el bar de la esquina de su propia casa. Y llegaran a la conclusión (en los casos mas inteligentes) que fueron utilizados para pagar la entrada y agregarle sudor y calor a la contienda de la que no forman parte.

Perdón por cambiar de tema, pero una noticia en la radio me acaba de disparar una pregunta que no tiene nada que ver con la historia que estaba contando: ¿como terminará esto del TIPNIS?