domingo, 20 de noviembre de 2011

Más Teatro en el Poder

Oscar A. Heredia Vargas
docenteumsa@yahoo.es

Si tenemos presente la política absolutista de Luis XVI, vendrá a nuestra memoria lo que se dice que dijo María Antonieta: "si los pobres no tienen pan, que coman pastel" -inocencia o despilfarro de palabras-, probablemente la expresión o la gota que ayudó al estallido social en esa época.

Si inferimos lo evocado a los acontecimientos que nos tienen acostumbrados nuestros gobernantes -como el hablar de los carburantes, el no cumplir con la Constitución, el demeritar a sus ex aliados y el no asumir responsablemente las consecuencia de su accionar-, concluiremos que también son desenfrenos.

Hoy y como siempre, el país recuerda el ocaso de los líderes tradicionales –los que no perciben la realidad cambiante sino su pasado inmóvil-, de dos maneras: la primera con alegría, porque todos los rechazamos y los juzgamos; la segunda con desilusión, porque siguen existiendo los que usan la manipulación, la fuerza y el autoritarismo, como armas de convencimiento.

Los gobernantes aún teniendo oportunidades de cambiar, piensan como siempre que tienen la razón, al parecer edificada sobre el alfabetismo funcional -lectura de la realidad sin aprendizaje significativo- y el alfabetismo intencionado -cálculos políticos equivocados o mal intencionados-que conduce a decisiones de alto riesgo con altos costos políticos, internos y externos, con derivaciones negativas económicas y sociales para cada uno de nosotros.

Los desaciertos propios que padecen, nos muestran una ruptura, una discontinuidad entre la decisión tomada y la responsabilidad ante sus consecuencias -deslindando responsabilidades como una forma de manipulación-. La vía del deber y la ética se bifurcan, al parecer no siempre coinciden en la mente de nuestros gobernantes. El beneficio social y el deber tampoco van continuamente de la mano.

Los gobernantes se alzan por encima de todo, utilizando su autoridad formal como la mejor forma de asegurarse que se haga lo que creen que se debe hacer, apoyados en su propia "libertad", debatiéndose entre lo moral-ético-legal y lo inmoral- antiético-ilegal, inclinándose como siempre a un lado, sin considerar que sus acciones y decisiones tienen consecuencias en el colectivo. Un colectivo empobrecido y desilusionado.

Nuestros gobernantes no entienden el mito del centauro Quirón, "primer maestro de Aquiles, símbolo de la necedad y de la libertad, dialéctica de su propio accionar. Ellos no entienden que deben elegir entre presiones y ambigüedades, priorizando los intereses de la sociedad".

Como vemos no hay gobernantes proactivos, constructores del futuro permanente, sólo servidores públicos hacedores de discursos demagógicos –hacen oír lo que se quiere oír-, quienes cultivan sobre la necedad -ignoran las consecuencias a largo plazo de las acciones y no hacen lo que se debe hacer-, de ellos mismo y de muchos de nosotros.

Su conducta nos coloca en el mismo lugar donde comenzamos, donde no convencen a la sociedad que la clase política ha cambiado, donde no luchan por mantener su legitimidad cumpliendo con lo prometido, donde no cumplen adecuadamente con su rol.

Seguimos en el mismo teatro, porque la paradoja del comediante, según Diderot, "está en que al actor sólo le creemos si actúa, es decir, si miente.

Al final no conquistaron nuestra confianza, pero tienen nuestro "consentimiento", seguimos en el teatro del poder donde el actor dirige lo real por medio de lo imaginario. Sin embargo debemos recordar que el poder está en nuestras manos y que la libertad de ellos termina donde empieza la libertad de nosotros. En democracia políticos somos todos.