martes, 24 de abril de 2012

TODOS CONTRA TODOS

Julio Ríos Calderón
jrioscalderon@hotmail.com

Como un reloj inútil, un mundo dejó de funcionar: el nuestro. Quedó atrás un tiempo estéril y estamos paralizados en medio de la nada. Los bolivianos somos una especie de tristeza atascada en el tiempo, y una niebla espectral domina los días.

Vivimos el siglo del progreso, el siglo de la ciencia, el siglo de la guerra. La guerra declarada entre países que disputan un territorio. La guerra doméstica que se libra en el propio suelo.

Basta leer y escuchar las noticias, para comprobar que estamos más cerca de la mueca que del acto de sonreír.

Lamentamos sin parar una plenitud que jamás tuvimos. El quehacer nacional es una antología de la impotencia colectiva: aparte de la frustración y el resentimiento, somos un infierno disfrazado de paraíso perdido, y varias expresiones acuñadas por analistas y politólogos resumen los rituales de este panorama francamente desolador donde más que revelaciones, sólo se anuncian amenazas.

Entre el llanto de familiares y arengas de apoyo, cuatro profesionales en salud y cuatro universitarios se tapiaron en un ambiente de la Facultad de Medicina de La Paz. En tanto que el Gobierno y los médicos no logran reanudar el diálogo. ¿Por qué el Gobierno crea problemas donde no hay? En la ciudad de Cochabamba fueron cavados hoyos en los cuales se enterrarán vivos representantes de los trabajadores de salud.

La evolución plantea el hecho, el proceso y los resultados: ¿Cuál es nuestra evolución? ¿El matar lo que se quiere? ¿El destruir lo poco que se construye? Proclamamos la paz confrontando al prójimo. Proclamamos la verdad, en exacerbante contradicción.

La selva tiene su ley. El león es el soberano. La ley del más fuerte la aplican los animales que tienen hambre. Los que no han sido dotados de raciocinio o las fieras que defienden a sus cachorros. El león es rey por su nobleza y gobierna sin distinción de razas. Los lobos de una misma camada jamás se han dañado entre sí.
Los países vecinos estornudan y nosotros nos resfriamos. Las guerras que se libran en territorios fuera de nuestras fronteras nos incomodan y frenan las pocas ilusiones, producto del amargo antihéroe que basa su filosofía en fanatismos y dogmas, haciéndose un harakiri frente a un horizonte gris.

Dados los términos imperantes, no tenemos solución alguna, salvo reinventarnos, inventar un nuevo mundo posible para los bolivianos. Se expresa que "del propio mal sale la vacuna". Veamos entonces a quienes nos representan en el Ejecutivo y asumamos eso como un espejo donde nuestra propia deformidad emite señales negativas.

Aprendimos que el hombre es el animal racional y que su ley es la de su comunidad. La que proclama el bien. La que dicta la justicia. Pero el hombre es enemigo del hombre.

Existen intervenciones de "especialistas" que junto a encuestas de opinión en las calles, el nombre de la democracia va y viene con aire compungido, pues la culpa de nuestros naufragios la tiene siempre el otro. Uno es tan indolente que anda así, recitando la letra de aquel tango que dice: "...el mundo fue y será una porquería".

Pocas noticias son alentadoras. La esperanza de un mejor futuro se paraliza al conocer el cántico de la infelicidad masiva. Habrá que dejar de ver la televisión, porque quienes actúan en el Palacio Legislativo o en el Palacio de Gobierno, son sólo adictos al simulacro y a la queja.

No faltan los políticos, que en el río revuelto quieren conquistar simpatías, cuando deberían reflexionar y tomar actitudes inteligentes y no de color amarillo.

Bolivia necesita aportes sustantivos en su reconstrucción. Proponer vías transitables, metas posibles y colaboraciones dignas debiera ser la tónica de las autoridades que hoy nos gobiernan.

No obstante, convendría que recuperemos el contacto con la naturaleza y la capacidad de hacer que de la tierra salga nuestro propio pan y donde la existencia se asuma como una celebración, no como un castigo, donde el hombre y la mujer cultiven la ternura y la visión profética, donde nazcan nuevos niños para los cuales será preciso crear escuelas que enseñen el arte de vivir, en vez del odio que hoy gotea sin parar con una baba caníbal.