jueves, 27 de febrero de 2014

LA FUNDACION DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA


Carlos Tony Sánchez
tonysanchez_77@hotmail.com

Hoy es 26 de Febrero, un día para recordar, pues se funda – esta vez definitivamente, dicen algunos, la ciudad que hoy habitamos.

Nos dice la historia conocida, la de los victoriosos, pues aún no se ha escrito desde la perspectiva de los derrotados (los indígenas), que en este lugar el Capitán Ñuflo de Chávez, acompañado por unos señores de muy mala reputación, allá e España (pues se sabe que eran reos convictos) y por un sacerdote, declaró estas tierras como suyas y de un Rey que vivía allende los mares.

Un buen día, visitando el museo de Artes, ese de la calle Sucre, y observando el inmenso mural recordatorio de la fundación de la ciudad, mis hijos – ambos cruceños -me preguntaron acerca de las personas que componían ese mural (en el cual estaban los españoles, el cura con su cruz y biblia, los estandartes y en segunda fila unos aborígenes,) Bueno, les expliqué que con la excepción de Trinidad, que fue fundada por el cura Cipriano Barace y Cobija (antes Bahía) que fue fundada por Enrique Cornejo, Coronel  del Ejército boliviano, durante la presidencia de I. Montes…las demás ciudades de Bolivia, fueron fundadas por unos señores llamados "Capitanes", también respaldados por un cura y unos bandoleros venidos de la península ibérica, con el expreso mandato de enriquecer a la Corona y también a si mismos…y además convertir al cristianismo a los salvajes paganos. Para ello habrían de someter a punta de espada a las diferentes etnias (algunas antropófagas) que habitaban, en conflicto permanente, estas nobles tierras. La evangelización de la cruz y la espada.

En este sentido, les advertí que para no repetir los errores del pasado, los pueblos deben contar la historia verazmente y  usé - al respecto - uno de los textos más antiguos que conozco, es aquel, escrito con dolor e impotencia : "Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias", De Fray Bartolomé de Las Casas (1.552). Que en algunas partes salientes dice así:

"…..comenzaron a entender los indios que aquellos hombres no debían de haber venido del cielo; y algunos escondían sus comidas; otros sus mujeres e hijos; otros huíanse a los montes por apartarse de gente de tan dura y terrible conversación. Los cristianos dábanles de bofetadas e puñadas y de palos, hasta poner las manos en los señores de los pueblos. E llegó esto a tanta temeridad y desvergüenza, que al mayor rey, señor de toda la isla, un capitán cristiano le violó por fuerza su propia mujer.

De aquí comenzaron los indios a buscar maneras para echar los cristianos de sus tierras: pusiéronse en armas, que son harto flacas e de poca ofensión e resistencia y menos defensa (por lo cual todas sus guerras son poco más que acá juegos de cañas e aun de niños); los cristianos con sus caballos y espadas e lanzas comienzan a hacer matanzas e crueldades extrañas en ellos. Entraban en los pueblos, ni dejaban niños y viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros, daban con ellas en ríos por las espaldas, riendo e burlando, e cayendo en el agua decían: bullís, cuerpo de tal; otras criaturas metían a espada con las madres juntamente, e todos cuantos delante de sí hallaban. Hacían unas horcas largas, que juntasen casi los pies a la tierra, e de trece en trece, a honor y reverencia de Nuestro Redemptor e de los doce apóstoles, poniéndoles leña e fuego, los quemaban vivos. Otros, ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca pegándoles fuego, así los quemaban. Otros, y todos los que querían tomar a vida, cortábanles ambas manos y dellas llevaban colgando, y decíanles: "Andad con cartas." Conviene a saber, lleva las nuevas a las gentes que estaban huídas por los montes. Comúnmente mataban a los señores y nobles desta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos en aquellos tormentos, desesperados, se les salían las ánimas.

Una vez vide que, teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales y señores (y aun pienso que había dos o tres pares de parrillas donde quemaban otros), y porque daban muy grandes gritos y daban pena al capitán o le impedían el sueño, mandó que los ahogasen, y el alguacil, que era peor que el verdugo que los quemaba (y sé cómo se llamaba y aun sus parientes conocí en Sevilla), no quiso ahogarlos, antes les metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen y atizoles el fuego hasta que se asaron de despacio como él quería. Yo vide todas las cosas arriba dichas y muchas otras infinitas. Y porque toda la gente que huir podía se encerraba en los montes y subía a las sierras huyendo de hombres tan inhumanos, tan sin piedad y tan feroces bestias, extirpadores y capitales enemigos del linaje humano, enseñaron y amaestraron lebreles, perros bravísimos que en viendo un indio lo hacían pedazos en un credo, y mejor arremetían a él y lo comían que si fuera un puerco. Estos perros hicieron grandes estragos y carnecerías. Y porque algunas veces, raras y pocas, mataban los indios algunos cristianos con justa razón y santa justicia, hicieron ley entre sí, que por un cristiano que los indios matasen, habían los cristianos de matar cien indios."

Una vez terminado el relato, y observando el impacto causado en mis vástagos, de 11 y 13 años, procedí a  señalarles que el saber de nuestro pasado doloroso y sangriento, debe servir ineludiblemente a formar en nosotros principios sólidos y fundamentos éticos que trasciendan el tiempo y las veleidades temporales de  las humanas inclinaciones. De sus jóvenes gargantas, no salen pues, cánticos ni honras a un invasor sin misericordia ni practican un evangelio coercitivo.

Pero que aman, como yo esta tierra, claro, sueñan con la ciudad que no esconde su pasado, con la ciudad integrada por la multiplicidad de culturas ya existentes; quizá (en unos años más) habrá que re-fundar la ciudad, por cuarta vez, no en otro lugar geográfico, por supuesto, sino en nuestros corazones.

Entonces sí, el 26 de Febrero, desfilaremos los viejos, los hombres, las mujeres y los niños, sabiendo la tragedia de donde vinimos y orgullosos de haber construido-pese a cualquier embate histórico -  una ciudad culta, fraterna y que enaltece su pluriculturalidad.