jueves, 17 de marzo de 2016

LA MALDICION

Lo del niño, conocido o desconocido, visto o no visto, vivo o muerto, de Gabriela y de Evo, está tomado un cariz siniestro. Hay algo así como un garabato dibujado desde el poder con el objetivo de desligar al Presidente de la responsabilidad de que una de sus amantes hubiera utilizado la relación que mantenía con el Presidente para beneficio propio, negociando y acordando en nombre del Estado, con empresas nacionales o extranjeras, contratos o convenios, que significaron millonarios pagos, sin mediar licitación alguna, sino por invitación directa, lo que supone la sospecha del pago de reconocimientos o comisiones.

Aquí lo que importa es que hubo una relación afectiva entre Evo Morales y Gabriela Zapata, porque todo favor o pago de cualquier tipo de compromiso alcanzado en nombre del Presidente se entiende como tráfico de influencias, si existiera entre ambos un vínculo o relación afectiva, durara un día o diez años. Y ESO ESTÁ PROBADO; más allá del niño, nacido o no nacido, existente o no (que eso de por si es algo tétrico), porque Evo Morales y su entono palaciego lo han reconocido frente a las cámaras y frente al pueblo.

Desde luego que se está armando una mentira teatral, con visos ridículos y declaraciones sorprendentes de ministros y fiscales, que parecen saber de la vida del Presidente lo que nadie. Desde luego que esto va a culminar en que nos contarán un cuento de dimensiones dantescas, por las mentiras y fabulaciones que implica a estas alturas desbaratar una verdad que es del tamaño de una montaña. Van a intentarlo todo, lo que sea necesario y lo que no sea, así esto termine como el garabato que ya es.

Pero más allá del cuento, en algún lugar del mundo debe haber un niño que los está mirando, y que sabe que estas cosas no se dicen ni se hacen, por temor al dios en quien dicen creer, por temor a los antepasados ancestrales que dicen que les importan, por temor al pueblo que quedará vigilante porque quiere saber. Porque hay cosas en esta vida que no tienen perdón, así uno se oculte bajo el manto del poder, que lo invisibiliza todo, menos la maldad en el corazón de las personas.