lunes, 13 de abril de 2009

LIDIAS PARA LA PAZ, LIDIAS PARA BOLIVIA

Ivan Arias Duran
ivanariasduran@hotmail.com

A finales de los 70, conocí a Lidia Anti, mujer aymara, que, junto al movimiento Katarista, estaban cosechando los frutos de años de resistencia al pongueaje (servilismo) político al que habían sido sometidos los campesinos y sus organizaciones por parte de los políticos y los militares desde 1956. Morena, de ojos achinados, Lidia tenía, entre otras, la tarea de difundir en las comunidades los principios del nuevo sindicalismo: independiente, democrático, solidario y unido. En junio de 1979 con los principios asimilados, miles de delegados campesinos juraron respetar sus preceptos creando la CSUTCB y eligiendo a Genaro Flores como su máximo líder para dar fin a una época en que los indios eran usados como rebaño para defender intereses ajenos.

A los meses de este parto que recuperaba la democracia comunal, un turbado militar dio un golpe de Estado. La resistencia de la COB y el pueblo lo derrotó. Era yo pichón de comunicador y trabajaba en radio como aprendiz, labor que me llevó a conocer a otra Lidia: “la única mujer presidente de Bolivia, defensora de la paz y de la igualdad de sexos con respecto a todos los derechos, incluido el del poder. Su madre le había prohibido llorar de niña porque decía que el llanto en Bolivia es una especie de deporte nacional que había que empezar a eliminar”. Doña Lydia Gueiler, aún de Presidenta, tuvo que enfrentar el machismo de la sociedad boliviana, pero ella no se doblegó y jamás se victimizó.

Traicionada y obligada a renunciar, en julio de 1980, se instauró, con apoyo argentino, la narcodictadura que advirtió a la oposición “andar con el testamento bajo el brazo”. En mayo de 1981 caí prisionero. Torturado y baleado, me internaron en la clínica policial. En junio, aún convaleciente, escuché que el máximo dirigente de la oposición, Genaro Flores, había sido capturado y estaba internado e invalido en la misma clínica. Mi madre, mimetizada como enfermera, contribuyó a que la resistencia se entere dónde estaba Genaro.

Este hecho y los posteriores eventos relacionados (exilio, retorno, construcción democrática), ya en 1983, me condujeron a conocer a Doña Lidia Katari, esposa de Víctor Hugo Cárdenas, un intelectual aymara que era la mano derecha de Genaro Flores y dirigente del MRTKL. A Lidia Katari, vital como las entrañas del Titicaca, maestra rural, orgullosa de su pollera, humilde en el trato pero de convicciones y carácter firmes, el país ha podido, recientemente, ver cómo sin temor a los palos y latigazos, supo defender su dignidad. “Cuando a uno le ha costado sudor y trabajo, así sea una piedra la defiende, porque es suya. ¡Nadie me lo ha regalado!”, le contestó a un periodista. “Mis hermanos de Sankajahuira son todos profesionales, pero ahora actúan como animales, porque están enceguecidos por la política y el odio. La comunidad es para que nos respetemos, nos ayudemos, nos superemos. No es para anularnos”.

Esta semana los paceños hemos tenido la suerte de escuchar a Lidia Mamani, una ciudadana alteña y dirigenta de la FUL que se atrevió a desnudar lo que miles saben, pero callan por miedo. “En la ciudad de El Alto se ha convertido un buen negocio ser dirigentes sindical, siempre y cuando se apoye al gobierno del presidente Evo Morales, porque así se obtiene prebendas, cuotas de poder en las instituciones del Gobierno, dejando de lado los principios y la independencia sindical”. En un canal de Tv decía: “En El Alto estamos huérfanos: nadie nos defiende de los pésimos servicios de agua, alcantarillado, recojo de basura, porque nuestros dirigentes son parte del Estado. La Federación de Mujeres tiene su cuota en la Alcaldía de El Alto. Todos saben que Édgar Patana ha metido a sus familiares y amigos a trabajar a la Prefectura, la Alcaldía y en la administración pública”.

Los mensajes de Katari y Mamani nos demuestran, cómo hoy, en vez de avanzar, estamos retrocediendo a tiempos predemocráticos y coloniales, donde la cooptación de la sociedad, el racismo y el odio impulsados desde el Estado están carcomiendo nuestras entrañas. Sin embargo, sincrética y sintéticamente, Lidias como las mencionadas son la esperanza de que no todo está perdido y que en vez de lamentarnos debemos imitarlas y luchar por nuestras convicciones democráticas.

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