domingo, 18 de abril de 2010

Cohabitar o Guillotinar

Erika Brockmann Quiroga
erikabrockmann@yahoo.com.mx

No fue necesario esperar mucho tiempo para saber el derrotero de la dinámica política una vez conocidos los resultados electorales del pasado 4 de abril. Si transcurridas las 24 horas todavía había un margen de duda respecto a la actitud concertadora o confrontadora que asumiría el Presidente Morales, a estas alturas ésta se ha disipado. Todo indica que optó por lo que sí sabe hacer y forma parte del limitado repertorio político de la cúpula gobernante: confrontar. ¡Qué lástima! Si de señales discursivas se trata, el alumbramiento del Estado Autonómico Integral y Democrático está en serio riesgo de deformarse por los efectos de una gravísima lesión de nacimiento. Me refiero a la intolerancia e imposibilidad casi refleja de cohabitar y compartir el poder con el adversario político. No es la primera vez que me refiero a la "cohabitación" como condición política imprescindible para impulsar la construcción nada sencilla del Estado Autonómico y Plurinacional.

Aunque el fenómeno no es nuevo, la primera vez que se incorporó esa sugestiva palabrita al diccionario politológico fue el año 1986, cuando la derecha conservadora francesa ganó las elecciones parlamentarias cuando el socialista François Mitterrand ejercía la Presidencia. Producto de esa elección, Jacques Chirac se convirtió en Primer Ministro. Desde entonces, se reedito en Francia la figura política de la cohabitación que obligaba a la "convivencia institucional", en definitiva, al entendimiento no obstante las profundas diferencias políticas e ideológicas de las máximas autoridades políticas del sistema semipresidencial de la República francesa. Portugal también pasó por situación similar optando por amortiguar una historia de guerras frías ideológicas internas imposibles de atemperar.

La cohabitación política también se da en aquellos Estados Federales o descentralizados. Ejemplos sobran. En 1997, en el ocaso del sistema de partido único en México, la gobernación del Distrito Federal que contaba con el 20% de la población total del país, correspondió a un partido distinto al del Presidente de la República. En ocasiones, Argentina experimentó similar situación con la Gobernación de Buenos Aires. En Bolivia, parece desvanecerse esa posibilidad.

A partir de la elección Gobernadores y Alcaldes en Bolivia, se vislumbra la reconfiguración , aún germinal, de un mapa político de representación con inocultables rasgos de bipolaridad territorializada, con dos bloques políticos dominantes en el que el MAS es la fuerza con mayor presencia nacional y predominantemente rural. Sorpresivamente, en La Paz y el Alto, se rompió la unipolaridad hegemónica de Diciembre en beneficio de la pluralidad democrática. El Cambio no tiene un solo rostro. Ante esta suerte de expropiación del monopolio del Cambio que ostentaba el MAS, y las voces plurales que exigen su reconducción, la reacción del oficialismo ha sido lamentable. No solo por desahuciar la posibilidad de fumar la pipa de la paz y coordinar con sus adversarios políticos en el territorio, sino por recurrir con determinación y entusiasmo al recurso de la guillotina judicializadora de la política llegando al extremo de cuestionar al Órgano Electoral. Cohabitar no es sacrilegio ni traición. Lo curioso es que, del legado político Francés, y de sus innovadores instrumentos de poder, se apostó por la lección menos auspiciosa ¡La Guillotina!