domingo, 12 de septiembre de 2010

RE: UNA LEY HISTORICA DEBILITADA POR ASUNTOS COYUNTURALES

Carlos Cordero Carraffa
ccordero@estudiosdemocraticos.org

No Luis, la correcta utilización de una ley, depende en última instancia de los jueces. Los ciudadanos tenemos conductas apropiadas o no a una moral que señalan las normas. La aludida ley, si te fijas fue elaborada por representantes y aprobada por un número menor a la totalidad de los integrantes de la Asamblea. Los ciudadanos somos sujetos de la ley. La aplicación, en última instancia es del Estado, de los gobernantes y de los jueces. La oposición, los medios de comunicación y algunos ciudadanos abrigamos temores por la forma de aplicación de la ley por parte de las autoridades. No puedes dejar de ver que el racismo como la discriminación tienen expresiones objetivas y también subjetivas. Te pongo un ejemplo. Nuestra amiga Jenny Serrano o David Santalla, cuando interpretan a la Salustiana o a una mujer de pollera y hacen humor con ello. ¿Tiene tintes racistas y discriminadores? ¿Quién dilucida la anterior pregunta? ¿El espectador, el artista, el ciudadano, el ofendido o el juez? El peligro de esta ley es que judicializa la opinión. Cualquier tipo de opinión, comentario o expresión, a través de cualquier medio de comunicación. Incluido el teatro del cual eres un destacado creador. Esta ley no nos hará mejores ciudadanos. Esta ley nos volverá ciudadanos temerosos de la sanción y de emitir opiniones o de ser libres en la creación. El próximo paso que podría dar el poder en medio de ésta vorágine de exaltación del respeto a la raza, será quemar Pueblo enfermo de Arguedas. El trasfondo de la ley es la exaltación de la diferencia caracterizada en el concepto de raza. La diferenciación racial propiciada desde el Estado llevó a distintas y cultas sociedades a guerras étnicas. No creo que lleguemos a esos extremos pero pronto seremos testigos o víctimas de acusaciones de racismo o discriminación con el único objetivo de acallarnos, a cualquiera por cualquier pretexto. Espero, sinceramente, que no sea un creador, un artista, un poeta ni siquiera un simple ciudadano que cometió el delito de opinar o disentir.