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Aconteció en los días turbulentos del octubre aquel cuando un levantamiento urbano campesino – alteño, centrado básicamente en La Paz y sus provincias, puso en vilo al statu quo político tradicional vigente y precipitó el escape del Presidente Sánchez de Lozada iniciando una nueva era política en este país.
La contundencia del levantamiento comunal de las Juntas de Vecinos de "El Alto" articuló la intensa movilización campesina de las provincias para unificar un compacto bloque de poder que hizo trizas el sistema político tradicional y a los partidos que hasta entonces lo sostuvieron.
Sin embargo faltaba un factor en la hora decisiva:
Faltaba la clase media urbana, la clase indispensable en el bloque de poder de un estado sólido, estructuralmente consolidado, sin extremos ni de un lado (izquierda) ni de otro (derecha) con vocación de pluralidad.
Pluralidad política y económica en un régimen social y de equilibrios y contrapesos como corresponde a las sociedades modernas.
En ese instante histórico decisivo para el país surgió la figura emblemática de la Sra. Ana María Romero de Campero.
Lidereza sin complejos ni reservas de una clase media urbana concentrada en la Zona Sur de la urbe paceña que vislumbró, de manera visionaria, la oportunidad de cambio y la posibilidad de construir un país mejor del que teníamos.
La Sra. Ana María Romero de Campero en su accionar político independiente demostró una recia personalidad, probada en momentos cruciales, como aquel que vivió el país durante el asalto militar al poder civil y constitucional del primero de noviembre de 1979.
Condujo con otros el retorno al orden constitucional que precipitó la sorpresiva presencia de otra mujer perseguida por el destino, como fue la Presidenta Lidia Gueiler Tejada, carta transaccional en un sistema político que se debatía ya desde entonces entre la vida y la muerte.
La Sra. Romero de Campero no sólo fue una mujer excepcional y "conciliadora" como dicen ahora a voz en cuello sus aliados de entonces.
La Sra. Ana María fue, hasta el último instante de su vida, una militante sin complejos del emprendimiento que otros países como Brasil y el Uruguay han asumido como un reto de los tiempos modernos: la estructuración de un bloque de poder en donde la clase media urbana cumple el rol de articulación de la unidad nacional.
Sin prejuicios de supuesta superioridad étnica o racial.
El destino jugó una mala pasada a esta valiente y esclarecida militante de la unidad nacional y de la reconciliación política y social.
Tal vez el destino del "proceso de cambio" pudo haber sido diferente…
Tal vez ahora no seriamos el país más polarizado de América del Sur.
Con un gobierno que a punta de golpes de jueces y fiscales dóciles y muchas veces serviles quieren implantar un "estado" anacrónico y retrógrado en pleno corazón de América del Sur.
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