lunes, 11 de abril de 2011

Dejad que los niños vengan a mi

Julio Ríos Calderón
jrioscalderon@hotmail.com

Cuando observamos a un niño, asoma a nuestros ojos la ternura y la inocencia de la infancia. Nuestros ojos advierten esa mirada diáfana y picaresca. Advertimos cómo juegan con barquitos de papel en los charcos de agua detenida. Contestamos sus preguntas que reiteran el por qué de las cosas.

Pero nos olvidamos del otro niño. Del que pide limosna, aquel que duerme en albergues miserables, soportándolo todo y quebrando su resistencia por medios inseguros que de pronto un día ya no pueden ver un nuevo amanecer. La vida anda ligero y a estos niños se le ve tumbados y pisoteados como cosas. La pobreza les llevó por ese camino, y hacia ese tránsito se conducen, del hambre y la sobrevivencia, a través de la luz y de la sombra.

Este niño ya no tiene opción de estudiar en una escuela. Debe someterse a trabajar de canillita, de lustrabotas, de cuidador de automóviles, de voceador de minibuses y en edades que oscilan entre los 5 y los 12 años. Resulta difícil pensar que, casi sin excepción la niñez haya sido rechazada por los adultos. Entre ellos hay casos como el niño cuya madrastra lo despidió de su casa, el niño lisiado que fue abandonado después de un aborto provocado, el hijo legítimo dado a luz por una hija de familia que nada quiso saber de su existencia.

Está visto que los niños rechazados tienen una percepción sumamente aguda. Comprenden su situación con amarga realidad. Profundamente heridos, a menudo evitan el contacto con otra gente, temerosos de verse rechazados de nuevo. La mayoría sólo ha conocido el fracaso de su casa, y en muy pocos casos el éxito que alcanzan gracias a su propio esfuerzo les infunde una confianza que no tiene precio.

Hoy ese niño sólo tiene los años. No conoce el árbol de Navidad y menos en la Noche Buena o en su onomástico –si es que lo recuerda–, jamás descubre un regalo. Y a menudo este niño se hace joven y luego hombre, y el mundo parece más grande y más temible. Nuestra tarea estriba en buscar su defensa, de amarlo y proporcionarle un hogar que pueda tener legítimamente por suyo.

Es necesaria la atención por parte de las autoridades con ingerencia en el niño. Estadísticas de fuentes especializadas determinan un número alarmante de niños desamparados, mendigos, o bien niños que trabajan en forma clandestina. Y existen casos penosos de otros que se subordinan a organizaciones de proyectos abyectos con fines corruptos dirigidos por sus propios padres y apoderados en un número, que preocupa, de infantes que oscilan entre los 5 y 12 años de edad.

Se impone justicia para sancionar las insanas influencias de terceros que utilizan a su hijos, niños adoptados o bien la niñez desvalida, que de alguna manera pertenece a un grupo familiar, para darse a la responsabilidad de conseguir dinero por la vía de la compasión el hurto o la explotación. Es necesario facultar –a instituciones que revisten competencia en este panoramaza francamente desolador –, de mayor control y ejercicio riguroso en el desarrollo de los niños utilizados por terceros para fines de lucro.

Pensamos muchas cosas, trabajamos en proyectos y sentimos muy poco por la niñez que necesita más de la ternura y de la bondad. La niñez requiere de mayor humanidad. El niño es la herencia invalorable para el destino de un país que merece, para sus niños mejor suerte y destino.