viernes, 9 de septiembre de 2011

Voto nulo, una opción "no más"

Sergio Sánchez Armaza
sergiosanchezarmaza@yahoo.com

Uno de los procesos más frecuentemente utilizados por las democracias es la consulta a ciudadanas y ciudadanos sobre determinados temas importantes para el bien colectivo, ello implica apelar a una característica humana fundamental: elegir. Elegir, como condición humana puede tener múltiples implicancias: cuándo beber un vaso de agua, o qué beber, si esforzarse en el estudio o no, en qué esforzarse más, o menos y bajo qué criterios se basa la decisión, el equipo de fútbol favorito, o por ahí el deporte preferido, o ningún deporte, la persona con la que se comparte la vida, o los momentos, la cantidad de hijos, etc.

El proceso de elegir vinculado a la libertad (una de las características de la democracia) va marcando las posibilidades de cada ser humano en una lógica de derechos: tengo derecho a elegir el destino colectivo entre las opciones que me presentan. Pero a algunos ciudadanos no nos gusta el segundo plato, vale decir que para las elecciones judiciales de octubre, no nos gusta depurar y legitimar lo que nos dejaron empaquetado las hordas de la inquisición del legislativo, que como en la época medieval representan una sola verdad, una sola fe. Argumentar que es necesario votar para "democratizar uno de los poderes más corruptos (…) de nuestro gobierno nacional", a partir de la acción inquisidora, es leer la realidad con una candidez exasperante e ignorar que serviría para legitimar lo que precisamente se quiso evitar al proponer un proceso electoral para el órgano judicial (ya no es poder) en la Asamblea Constituyente: que sea una instancia independiente y no subsumida políticamente a ninguno de los otros órganos.

Por tanto, la opción que hasta hace poco no lo era, votar nulo, se abre como posibilidad de elegir, o, en este caso, no elegir y así manifestar una decisión, un desacuerdo, finalmente una expresión democrática. Seguramente este tipo de iniciativas serán naturalmente capitalizadas políticamente por algunos oportunistas políticos (llámese oposición) o "delincuentes" como los denomina José Lanza Delgado en su artículo "Re: Vigilias" publicado en este mismo espacio el 8 del presente. Pero más allá de este hecho coyuntural de los oportunistas, en el fondo se discute la capacidad ciudadana de elegir. Las opciones son hacerlo entre los candidatos de la papeleta o anular el voto. Afortunadamente la democracia ha sido concebida con una mirada menos miope y elemental que la del autor para no calificar a los que quieren y/o promueven votar nulo como antidemócratas, o antipatrio (término nuevo en el idioma inventado por Lanza). Contrariamente a lo que el mencionado autor manifiesta en el artículo, realizar sí o sí el proceso electoral, para purificar al órgano judicial, implica precisamente la deslegitimación de la democracia en tanto ampliará peligrosamente el porcentaje de votos nulos, como en las democracias europeas o norteamericanas en las que las autoridades son elegidas por mínimos porcentajes de ciudadanos y ciudadanas y con grandes contingentes de abstencionistas y votos nulos porque la ciudadanía ya no cree en la democracia. Y no es porque haya seguidores de las campañas apropiadas por MSM o UN que incidan de manera determinante en ello, sino porque la ciudadanía se da cuenta que, para el caso, la democracia es como el derecho a la consulta previa para la preservación de la madre tierra. La elección de candidatos preseleccionados por una aplanadora parlamentaria unívoca, servilmente pretende replicar el enunciado de Luis XIV, El Rey Sol (el Tata Inti en nuestro caso): el Estado soy yo.

Seguramente el señor Lanza Delgado es de las personas que después de una gran comilona se va a continuarla a otro restaurante para elegir otro platito del menú que termine de indigestarlo. Yo cuando estoy colmado de comida prefiero anularme gastronómicamente y no justificar la gula grosera a nombre de la democracia.