viernes, 21 de octubre de 2011

Nuestros Gloriosos Octubres

Jenny Ybarnegaray Ortiz
jenny_ybar@yahoo.com

De estos días de octubre, si algo quedará grabado en mi retina de manera definitivamente indeleble, es el ingreso triunfal de la marcha en defensa del TIPNIS por las calles de La Paz ¿Cómo nombrar a esas mujeres, a esos hombres, a esa juventud, a esas niñas y a esos niños que arribaron a La Paz para darnos una de las más hermosas lecciones de dignidad que hayamos vivido quienes habitamos en esta maravillosa ciudad? ¿Cómo nombrar a esa multitud agolpada en el trayecto desde Chuquiaguillo hacia la plaza Murillo para recibirles con tanto calor humano? No encuentro en mi vocabulario una sola palabra que lo describa de manera precisa. Busco en mi memoria algo parecido y no lo encuentro.

Varios octubres gloriosos vienen a mi memoria: 10 de octubre de 1982, arribaba a La Paz el Presidente Hernán Siles Suazo y con él recuperábamos la democracia por la que tanto habíamos luchado, ahí terminaban casi dos décadas de dictaduras militares. 17 de octubre de 2003, Gonzalo Sánchez de Lozada y sus íntimos colaboradores salían de La Paz en helicópteros para nunca más volver, con ellos terminaba un largo periodo de democracia malograda por pactos espurios entre partidos que fueron definitivamente desplazados del mapa político boliviano. Este 21 octubre de 2011 quedará marcado en la historia como el día en que los pueblos indígenas del oriente boliviano lograron imponer el respeto a la Constitución Política del Estado a un gobierno que parecía haber perdido el rumbo del proceso de cambios que Bolivia entera demanda.

Aún es demasiado pronto para hacer un análisis ecuánime de lo sucedido en estos 67 días de marcha, sin embargo, lo que hoy queda claro es que bastaba una señal presidencial para evitar ese sacrificio. No obstante y a pesar de todo lo que sucedido, estoy segura de que esta marcha forjó un nuevo rumbo para este proceso de transformaciones que vive Bolivia. Nunca más los pueblos indígenas de oriente serán vistos como minorías arrimadas al proceso, con esta marcha se han ganado el respeto del país entero y del gobierno en particular, un gobierno que parecía haber olvidado que fueron ellos mismos quienes abrieron en 1992 el camino de este proceso, demandando una asamblea constituyente que por entonces parecía una exigencia irracional y que ya es historia. El gobierno de Evo Morales ha recibido una lección imborrable que esperemos no la vuelva a olvidar en los próximos meses que le quedan al frente del órgano ejecutivo, como tampoco debiera olvidarla el órgano legislativo que hasta la fecha ha hecho un triste papel de segundón de las iniciativas del ejecutivo. Ojala nunca más sea necesaria una marcha de más de quinientos kilómetros para hacer entender a un gobierno indolente que todos somos bolivianos y merecemos respeto.

En ese ingreso triunfal de la marcha indígena a La Paz, también quedó claro que la población boliviana ya está harta de tanto discurso alentador de confrontaciones. La historia de este país está plagada de contiendas que nos colocaron en innumerables ocasiones al borde del abismo, sólo mentes desquiciadas y espíritus abyectos pueden continuar alentando viejos rencores. ¿Quién puede negar los efectos perversos de más de quinientos años de colonialismo? ¡Nadie! Pero no se puede emprender el camino de la descolonización sin descargamos de esos mismos efectos, descolonizarnos significa ante todo tener la capacidad de aprender de la historia para no volver a cometer los mismos atropellos, ser capaces de reconocernos en nuestra comunidad de sentidos para proyectarla en la construcción de un futuro de iguales. Con ello no quiero significar que con sola buena voluntad se acabarán las diferencias entre quienes habitamos este territorio, continuaremos portándolas a pesar de todo, pero que no sean ellas las que nos impidan reconocernos en nuestras innumerables similitudes.

Ojotas, chinelas, botas, zapatillas de lona y zapatos de cuero, pequeños y grandes, femeninos y masculinos transitan todos los días por las mismas calles adoquinadas urbanas o por los mismos caminos rurales de tierra, es cuestión de levantar los ojos de la calzada para mirarnos de frente y reconocernos entre nosotros como gente boliviana que anhela "vivir bien" sin aspavientos. Quienes deseen "vivir mejor" tendrán que esperar a que nunca más un niño muera de diarrea, a que nunca más una mujer muera de parto, a que nunca más un anciano estire la mano pidiendo limosna, a que nunca más las lluvias se lleven las casas de la gente pobre, tendrán que esperar con mucha paciencia.