lunes, 12 de diciembre de 2011

CAMBIO, TODO CAMBIA

Jorge Landívar Roca
jlandivarr@gmail.com

Alguien alguna vez escribió que la democracia es el abuso de la estadística, y no faltó quien con gran criterio llegó a definirla como el caos provisto en las urnas electorales. Ello, a propósito de lo sucedido en Bolivia el 22 de enero de 2006, donde una mayoría de ciudadanos creyó que con la llegada de Evo Morales al gobierno y el ímpetu con que inició su gestión, se estrenaba  un espléndido y asombroso proceso de “cambio” que, asentado sobre el “Vivir Bien” y la “Revolución Democrática y Cultural”, lograría la augurada transformación social. Incluso llegaron a pensar que los culpables de todos sus problemas eran los otros y que su felicidad y progreso dependía del sistema. Sin embargo, los resultados han venido refutando inexorablemente este vaticinio.

Casi seis años de administración masista ha dejado una ciudadanía frustrada e impotente, que observa con desasosiego y preocupación, cómo la utopía del país que anhelaron empieza a hacer aguas. Sin embargo tomará todavía algún tiempo para que se percate que la quimera del “marxismo étnico”, del “socialismo comunitario” y del “capitalismo andino”, fue sólo un pretexto político.

Los bolivianos pensaron que las experiencias sociales de Mandela o que tal vez los consejos del entonces presidente Lula, lograrían modificar las estrategias del influyente “núcleo duro” del gobierno evista, integrado por marxistas radicales encasillados en dogmatismos largamente superados, decididos a imponer una "hegemonía revolucionaria" , a no admitir oposición alguna y a confrontar el oriente para crecer. Ello de por sí explica la existencia de una política de sometimiento a los abusivos designios, que en este último tiempo se ha afincado con el justificativo de constituir males necesarios para la transición de un modelo a otro, y a cuyos conflictivos efectos el vicepresidente García los ha bautizado como "tensiones creativas del proceso de cambio".

A casi seis años del gobierno de corte populista de Morales, es casi una blasfemia pensar que lo que se dio en aquella fecha fue la victoria de un partido y la derrota de otro. En aquel entonces se pregonaba la agonía de una visión de país que podría transformarse en la resurrección de otra milenaria. Lo cierto es que lo que se vive hoy es una angustia empeñada. Nadie olvida la teatralización telúrico-ancestral con la que se asumió esta pesadilla obstinada.  El horror público de la delincuencia, los secuestros y la muerte han ganado las calles. La ruina ética, la corrupción, el narcotráfico, el hábito de la deshonra y las balandronadas exhiben hoy carta de ciudadanía.

Se debe aceptar que estos años de ignominia, perversidad y complacencia nos han manchado a todos. Ello se evidencia cuando quienes dirigen el gobierno no admiten que se están equivocando y prefieren la interjección a la razón, las amenazas a los argumentos. Pero aun con todo ello la esperanza no debe ser impaciente pues son muchos e intrincados los problemas que se van generando, muy difíciles de resolver, de los cuales el ciudadano va tomando habida cuenta. En un tiempo más, a no dudar, se tendrá que desandar un largo camino en el que tendrá que renacer la República con esa olvidada disciplina, la lógica. Ya no se estará a merced de una bruma de pseudo indigenistas y de fervientes y sumisos servidores.

La esperanza, que era casi un imposible hace algunos meses, es hoy un venturoso deber y una perspectiva que hay que saber construir. Es un acto de fe que puede justificarnos y una oportunidad para que aquella dirigencia departamental que defraudó, pueda enderezar conductas.