miércoles, 1 de febrero de 2012

EL TIPNIS DE NUNCA ACABAR

Pedro Portugal Mollinedo
pedro-portugal@periodicopukara.com

El 30 de enero culminó la marcha del CONISUR que pide la construcción de la carretera que atraviese el TIPNIS. Su llegada fue sin comparación con la de la anterior marcha, también indígena, que obligó al gobierno suspender ese proyecto caminero. Recibimiento apoteósico para estos; para aquellos primó la apatía y hasta el rechazo.

Hubo también otra diferencia. A los primeros marchistas del TIPNIS se les negó el ingreso a la plaza Murillo. Empero, el impresionante cortejo de paceños que se sumó a esa marcha obligó a los guardianes permitir su paso ante el palacio de gobierno. Ello permitió que un grupo de indígenas se quedaran en esa plaza, mientras el resto terminaba en un acto en la Plaza San Francisco. Luego, de nada valieron obstáculos y artimañas policiales, pues, pacíficamente el resto de los indígenas se asentaron en esa plaza, obligando al Presidente a darles audiencia y torciendo el brazo del legislativo a través de la aprobación de la llamada «Ley Corta», que determina la suspensión del citado proyecto caminero.

A la última marcha de CONISUR también se le negó el ingreso a esa plaza. Estos marchistas, quizás mortificados por el poco eco de su demanda ante la opinión pública, y confusos por la actitud "obstruccionista" de un gobierno —al que consideran su aliado— arremetieron contra la policía con violencia inusitada, rompiendo el cerco policial e ingresando de esa manera a la plaza Murillo.

Tenemos así dos escenarios y dos actitudes: Una pacífica, que logró imponer sus exigencias por la justeza de sus demandas y por la solidaridad que estas suscitaron en la población. Y otra, apoyada en la violencia, huérfana de respaldo popular y con sospechas sobre la naturaleza de sus exigencias.

Ello pone al gobierno en un callejón sin salida, callejón que él mismo ayudó a establecer y consolidar. Ese embrollo se llama TIPNIS y de su solución depende la credibilidad de la presente administración. La impresión que deja esta situación es la de un gobierno que ni siquiera controla los acontecimientos que desencadena, terminando como rehén de las presiones de los sectores sociales, librados a sus propias inspiraciones e intereses. Ojalá esta impresión sea desmentida en los hechos.