sábado, 24 de marzo de 2012

LA DESINDUSTRAILIZACION DE BOLIVIA

Oscar Ortiz Antelo
oscarortizantelo@gmail.com


Los datos sobre el balance del comercio exterior boliviano a la 2011 tienen un sabor agridulce. Mientras al país ha logrado nuevamente un nivel altísimo en el valor de sus exportaciones, sobrepasando los 8200 millones de dólares, la mayoría de ellas se concentran en dos rubros, hidrocarburos y minerales. Paradójicamente, con un gobierno nacionalizador y estatista, que hizo de la industrialización de los recursos naturales el eje de su campaña opositora y electoral para llegar a la presidencia y uno de los principales fundamentos de la nueva Constitución y de su visión de desarrollo, Bolivia retrocede varias décadas en la concentración de sus exportaciones en las materias primas.

Efectivamente, de los más de ocho mil millones de dólares exportados, el gas y los minerales, sobrepasan los siete mil millones. En un revelador estudio, titulado Lo que Pudimos Crecer y no Crecimos, el Instituto Boliviano de Comercio Exterior, IBCE, revela que entre el 2005 y el 2011 el valor de las exportaciones bolivianas se incrementó en 189% mientras que el volumen de las mismas aumento tan solo en un 8%. Obviamente, cuesta entender cómo en un escenario de precios internacionales tan favorable, Bolivia haya perdido tantas oportunidades y, consecuentemente haya tenido un crecimiento promedio inferior al 5%, lo que ya se había alcanzado en los años noventa, con una coyuntura internacionales mucho menos favorable.

Sin embargo, no es muy difícil de entender. Las políticas económicas equivocadas, prohibieron las exportaciones y desincentivaron las inversiones mediante una profunda inseguridad jurídica, tanto por los cuestionamientos a la propiedad privada como por la constante incertidumbre sobre las condiciones en las cuales se podría comercializar la producción por la permanente aprobación de normas que regulaban o incluso prohibían las exportaciones.

El gobierno ha basado su política económica en una mentalidad rentista. No le importa el desarrollo nacional ni la creación de empleos, para lo cual se requiere inversiones y diversificación de la actividad económica. Su única prioridad es el financiamiento de una burocracia enteramente politizada que crece sin cesar tanto por el crecimiento de la administración publica como por la creación permanente de nuevas empresas estatales. Consecuentemente, maximiza la exportación de gas en lugar de comercializarlo en el mercado interno, en el cual muchos proyectos industriales se encuentran paralizados por la falta de energía.

El resultado, es una economía que no crea empleo sostenible en base al desarrollo productivo sino que está volviendo a la población cada vez más dependiente del empleo informal, impulsado por una economía de consumo que se alimenta de los nuevos ingresos como el gasto publico, las remesas y el narcotráfico, pero que no ofrece ningún progreso para avanzar hacia una economía solida y sostenible que ofrezca oportunidades de prosperidad y de pertenencia a la clase media para todos los bolivianos.