viernes, 13 de julio de 2012

EL TIPNIS Y MALLKU KOTA: el precio de la demagogia

Eduardo Campos Velasco
eduardocamposdc@yahoo.es

Seguramente, en lo que menos espesó la gente del gobierno, fue que algún día - lo que prometieron con tanta vehemencia para acceder al poder - tendrían que honrar en los hechos o ponerse en evidencia de incumplirlos. Esa parecer ser la situación por la hoy atraviesan. En un caso, se han visto – literalmente – "obligados" a aceptar la demanda nacionalizadora de los comunarios de Mallku Kota y; en el otro, no les ha quedado mar "remedio" que abandonar las banderas con las que acumularon tanto apoyo electoral, la defensa de la madre tierra y los derechos de los pueblos indígenas. Lo que no parece estar muy claro, es ¿por qué, no hicieron lo contrario?; es decir, aceptar las legítimas demandas del TIPNIS y no así, las acciones violentas, abusivas y desmedidas de los nacionalizadores de Mallku Kota.

La explicación a esa decisión, se funda en las "lecturas" que su principal ideólogo y "pensador", el vicepresidente, ha estado sistemáticamente ensayando en los últimos meses. Diríamos que es el resultado de la ya famosa tesis de las "tensiones creativas" que forzadamente pretenden explicar la creciente indisposición social que se ha instalado en la sociedad boliviana.

Según esta lectura, el devenir exitoso de la revolución democrática y cultura, depende de la resolución de los conflictos en favor del estado; único depositario y representante legítimo del interés colectivo, mismo que – siempre según su lectura – lo encarnan ellos mismos. Así, las demandas, por más justas que sean, si no cumplen el requisito insoslayable de apoyarles en el control del poder, acaban como reaccionarias e innecesarias para el proceso de cambio.

Esa, es la diferencia entre la IX marcha del TIPNIS y las demandas de Mallku Kota. La primera - según la tesis de las tensiones creativas – hubiera cometido el grave error de cuestionar al estado, ese estado que poco menos, es la representación de la divinidad; por lo tanto, al incumplir la sagrada obligación de reconocer su autoridad omnímoda, solo podían merecer el destierro del paraíso.

El pecado original de la IX marcha del TIPNIS y por supuesto de la VIII, fue cuestionar la autoridad "sagrada" de su majestad, el estado. Al hacerlo, como el gobierno se ha encargado de endilgarles utilizando todos los medios que tiene a su disposición (que dicho sea de paso, no son pocos), se han prestado a las maniobras de la oposición, de los oligarcas, de la derecha, del imperialismo; pecado este, que merecía – siempre según las sagradas escrituras de las tenciones creativas – el infierno.

Sólo de esa manera se puede explicar el cúmulo de acciones que sin ninguna consideración implementaron en contra de la marcha de los indígenas. Hicieron de todo, represión, desprestigio, amenazas, contramarchas, cercos, secuestro de alimentos, propaganda contraria, "regalitos"; hasta que al final, aprovechándose del control que tiene de la propia justicia, lograron una sentencia constitucional que les deja expedita su estrategia de negociar y "comprar" conciencias, misma que en definitiva le has permitido hacer de su derrota, un aparente triunfo. La IX marcha, no logró ingresar a La Plaza Murillo y por supuesto, este hecho emblemático, ha servido para que el gobierno, intente convencer a la opinión pública nacional e internacional que la movilización fue derrotada.

Al gobierno, no le conmovió nada; ni el frio, ni los niños, ni los enfermos, ni los muertos. Enajenados por su guión, ese que califica a los movimientos sociales, entre "buenos" y "malos", acabó haciendo su tarea, sin el mayor escrúpulo. Todos los funcionarios del estado, desde el propio presidente, hasta aquellos subalternos trabajadores de la administración pública, se convirtieron en soldados de la revolución, como le gusta llamar al vicepresidente.

Los ponchos rojos, las bartolinas, los cocaleros, dirigentes funcionales de sectores sociales, funcionarios de ministerios y otras dependencias públicas bajo su control, cumplieron su labor en la batalla. Todos ellos muy dispuesto a defender al estado, ese estado que paradójicamente no puede reactivar la económica y día que pasa se ve envuelto en mayores niveles de corrupción; ese estado que ha perdido sistemáticamente aliados internacionales y enclaustra aún más a la débil economía nacional; ese estado que despilfarra los recursos públicos en construir canchas de futbol y coliseos a lo largo y ancho del país; ese estado que es más propaganda y spot, que realidad. Pero que, pese a todo, es su estado (como dice el propio García Linera); el estado del proceso de cambio que tiene la histórica misión de perpetuarse por siempre. Un estado que no duda en deshacerse de cualquiera, si se convierte en una amenaza a su reproducción.

En la otra cara de la moneda, la resolución cordial y pronta de la demanda de Mallku Kota. A ellos, por ser leales, consecuentes y obedientes con el estado, el trato fue distinto. Nadie del gobierno atino a referirse al avasallamiento, secuestro, tortura, terror y violencia que desataron en la zona. Su mérito, no haber cuestionado a su majestad – el todo poderoso estado plurinacional. El propio presidente Morales, les recibió en palacio; el ministro de trabajo, llego a decir que los técnicos de la empresa minero, fueron los que agredieron a la comunidad, por haberse vestido de originarios, sin permiso. La nacionalización de la empresa minera South American Silver, fue el trofeo a su lealtad y la demostración – a los ojos de todos los bolivianos - de lo que están dispuestos hacer, cuando de por medio está el poder. Sin embargo, detrás de esa medida, podemos advertir que se han quedado con un sin sabor, mezcla del gusto de seguir nacionalizando todo y la incertidumbre de haber cerrar definitivamente la posibilidad de nuevas inversiones extranjeras, que ellos – bien saben - requieren para seguir utilizando recursos públicos que genera el extractivismo y son en definitiva la fuente de su poder.

Al margen de la correspondencia entre los buenos y malos movimientos sociales y la manera en la que resolvieron las cosas; está el peso específico en términos cuantitativos de cada movilización. El TIPNIS (los pueblos indígenas de tierras bajas en general), representan apenas un pequeño porcentaje del electorado que los subió al trono (léase estado); por el contrario, Mallku Kota (las comunidades del Norte Potosí), son un electorado numeroso que aun requieren controlar, para garantizar su sostenibilidad en el poder. Cálculo que seguramente, los sesudos análisis de su único e inteligente ideólogo, no paso por alto.

Finalmente, pese al estado de ánimo triunfalista que muestra el gobierno luego de ambos acontecimientos, está claro que en ambos casos, se vieron en la disyuntiva de honrar en los hechos lo que prometieron con tanta vehemencia para acceder al poder o ponerse en evidencia de incumplirlos; en un caso - no con mucha convicción - acabaron ratificando su voluntad estatista y nacionalizadora, con los costos y perjuicios que ello implica; en el otro, no les quedó más remedio que abandonar la defensa de la madre tierra y los derechos de los pueblos indígenas, banderas que aparentemente ya no son estratégica para sus propósitos. En una y otra, la demagogia les cobró factura.