viernes, 17 de agosto de 2012

SIEMPRE QUEDA LA ESPERANZA

Juan Burgos Barrero/ Londres
juanburgosbarrero@hotmail.com

Muchos de los inmigrantes latinos residentes en España proceden de familias desestructuradas, con problemas económicos, violencia familiar, abandono, pobreza, etc. En fin, viven en un bulevar de sueños rotos, como decía Chabela Vargas. Así lo acreditan los testimonios, las entrevistas en profundidad, diálogos y análisis sobre las conductas, realizadas por el psicólogo boliviano José Ernesto Vaca-Pereira Justiniano que trabaja para la Comunidad Autónoma de Madrid como director de un proyecto migratorio.

Vaca-Pereira lleva a cabo con sus pacientes o grupos focalizados una reflexión sobre la forma en que puedan convivir personas autóctonas e inmigrantes y su integración en la sociedad de acogida. Se trata de facilitar la convivencia y que cada persona recupere su autoestima y sea tratado como ciudadano de pleno derecho, cualesquiera que sus orígenes o pertenencia.

Entre sus pacientes existen muchas cuidadoras o empleadas de hogar en régimen de "internas". Es el caso de María, una boliviana que lleva cuatro años residiendo en España. Trabaja como "interna" y sólo libra un día a la semana.

Sin embargo, ella se siente libre. Esta autonomía desconcierta —dice el psicólogo Vaca Pereira— porque las empleadas de hogar viven mucho tiempo recluidas, sin tiempo para ellas y en los habitáculos más pequeños y recluidos de la casa. Lo paradójico es que estas mujeres, en su país de origen tienen grandes casas donde poderse sentir libres; sin embargo, —apunta el psicólogo— no gozan de independencia porque mentalmente se encontraban presas, sin posibilidad de construirse y alcanzar un porvenir digno para ellas y su familia.
En la actualidad, María siente que su trabajo le permite controlar su propia vida; ha pagado sus deudas y se está construyendo una casa en Bolivia. Esta mujer de 44 años tiene previsto quedarse en España diez años más para poder hacer realidad su sueño.

En España, la mayor parte de las tareas domésticas y de cuidado en el hogar lo llevan a cabo mujeres inmigrantes latinas. Este trabajo requiere fuertes dosis de afecto donde se ven comprometidas las emociones y los sentimientos. Por consiguiente, además de cocinar, limpiar, vestir y alimentar, una cuidadora sabe escuchar, comprender y entretener. Por lo tanto, a la carga emocional que representa, por ejemplo, cuidar a niños y ancianos se unen sus propias experiencias afectivas en la distancia y es que muchas de estas mujeres han dejado a sus padres e hijos propios en el lugar de origen.

Por otra parte, en gran cantidad de hogares españoles la transferencia de los cuidados y las tareas domésticas a terceras personas supone la resolución de un conflicto y cuando falla, la arquitectura interna del hogar se desmorona. La labor de las cuidadoras permite liberar a la mujer española para su desarrollo profesional, compitiendo en igualdad de condiciones con los hombres. Es por ello que el cuidado del hogar es una ocupación muy exigente, flexible e invisible donde la cuidadora pone el afecto y las emociones pero ¿quién cuida a la cuidadora?

En los grupos de trabajo que modera el psicólogo Vaca Pereira hay casos de violencia de género, una violencia estructural en América Latina. Algunas mujeres se ven obligadas a escapar de su agresor y salir de su país de origen en busca de nuevos horizontes. Es el caso de Rosa, inmigrante latina, que huyó de su país para evitar los abusos de su pareja y de la sociedad que protegió al abusador. Fue violada, golpeada, amenazada de muerte, pero además, –prosigue su relato– no encontró protección para ella y sus hijos. Al final, tuvo que dejarlos en un internado y se vino a España a trabajar para brindarles un destino diferente.

Su camino no está siendo fácil, desde que llegó al centro en solicitud de ayuda psicológica, dice sentirse sucia, temerosa y con dificultades para conciliar el sueño. En ocasiones le asaltaba el miedo a ser descubierta por haberse atrevido a buscar por sí misma sueños de autonomía, y aun así, ha creando herramientas, trazando planes para poder mirar el futuro con seguridad. Actualmente se siente animada, valorada, se cuida, se preocupa por su cuerpo y está llena de ilusión. No obstante, a veces le asalta el horror de la violencia, como en una pesadilla. Teme que este cúmulo de esperanza se desvanezcan y se aferra a su trabajo como el naufrago a una tabla de salvación.

A pesar de todos sus sutiles matices y la amargura por la que estas mujeres pasaron, las historias personales dejan una huella indeleble que sólo el trabajo grupal con el psicólogo han podido paliar. A medida que la vida le daba golpes, Rocío desarrolló una sensibilidad especial frente a las injusticias que le tocaron vivir en su casa, en su medio social y ello le llevó a concebir la fantasía de ser deforme. En este caso — sostiene Ernesto Vaca Pereira—los abusos de toda laya rompieron sus defensas, de modo que, digirió mal la violencia por su singular sensibilidad. Pues ahí está en meollo de la cuestión. La violencia ha sido realmente brutal, pero su posicionamiento frente a esta realidad le ha llegado a golpear su estructura psíquica corporal. Aun así, poco a poco ha ido recuperando su equilibrio emocional. Según cuenta, la mirada tierna de su novio le ayudo a recuperar su confianza, sentirse segura y querida. Ahora, tiene un proyecto de vida de unir este lado de la lengua donde está su novio, con la otra orilla donde están los hijos. Se quedara en España el tiempo que haga falta, probablemente toda una vida.

Estas mujeres, tan valientes, han mantenido intacta la esperanza de encontrar una salida al final del túnel y que el Boulevard de los sueños rotos que recorrieron en sus países de origen quede atrás para siempre.