jueves, 20 de diciembre de 2012

SOLSTICIO DE VERANO

Julio Ríos Calderón
jrioscalderon@hotmail.com

El solsticio de verano es una oportunidad para meditar, con el fin de poner lo mejor de nosotros mismos, en procura de ejercitar una mejor patria. Este cambio que hace la naturaleza conlleva a conquistar la necesidad de reactivar nuestra voluntad en pos de una renovación.

El solsticio verano en el Año Aymara es una fiesta espiritual para renacer, una puerta abierta para lograr vencer las limitaciones, un eterno círculo de equilibrio entre la luz y la oscuridad, la vida y la muerte. Un espacio en donde todo puede ser trasmutado con la voz de nuestros ancestros, en el canto eterno unido al corazón de la Madre Tierra y la Pachamama.

En las culturas modernas estas reuniones son aún apreciadas por la estabilidad emocional, porque representan algo que esperamos en el momento más iluminado, más alegra, más solariego del año. Éste es en especial el caso para las poblaciones en las cercanías de las regiones polares del hemisferio. Los efectos de retorno a la alegría de los rayos del sol en los individuos y las sociedades están en su mayoría vinculados al calor, optimismo, perdón y perseverancia. Además, el aumento de luz solar en los cortos días del verano aumenta la energía positiva en el alma y en el cuerpo, empujando el ritmo circadiano de despertar de un sueño a uno más real.

Festivales y celebraciones de mitad de verano que ocurren en el día más largo del año a menudo piden floración perenne, brillante iluminación, grandes fuegos artificiales, fiestas, la comunión con el prójimo, y por la noche, un despliegue físico por el baile y el canto son ejemplos de terapias culturales de verano que han evolucionado como tradiciones desde el comienzo de la civilización. Estas tradiciones pueden agitar el conocimiento, evitar el malestar, reiniciar el reloj interno y reavivar el espíritu humano.

La fiesta está perfectamente integrada en nuestra cultura y nada pudo desenraizarla de nuestros corazones. Los antiguos indígenas agricultores del altiplano andino se regían por diversos fenómenos astronómicos, observados con el fin de guiarse en el momento en que debían iniciar las diversas faenas agrícolas y ganaderas, como siembras, cosechas y esquilas a los camélidos andinos.

Para Bolivia, la circunstancia astronómica veraniega tiene una importante y relevancia filosófica. La naturaleza es el panorama de inspiración para el Año Aymara y un espectáculo del real trayecto traslativo del sol como una representación del equilibrio que mueve al mundo. Comienza cuando asoma el solsticio de verano que trasciende a los nuevos ciclos de cosecha agrícola. En esa fecha, los amautas encuentran el punto clave para retornar al reordenamiento de la tierra.

El solsticio de verano es una oportunidad para meditar, con el fin de poner lo mejor de nosotros mismos, en procura de ejercitar una mejor patria. Este cambio que hace la naturaleza conlleva a conquistar la necesidad de reactivar nuestra voluntad en pos de una renovación. Es un momento de reflexión destinado a compartir sentimientos, cual semilla de fraternidad entre todos los bolivianos, irradiados por el brillo de los primeros rayos del Sol, con la esperanza de lograr la unidad que nos inspira a unificar nuestras emociones en la alegría de la vida.