martes, 19 de marzo de 2013

EL PAPA FRANCISCO Y LOS SUEÑOS INCUMPLIDOS DE LA IZQUIERDA LATINOAMERICANA

Pedro Portugal Mollinedo
pedro-portugal@periodicopukara.com

Dos sucesos, dos imágenes, dos señales… El primero, el más reciente: Una autoridad religiosa recientemente elegida, el papa Francisco, el 14 de marzo, pocos días después de su nombramiento, rechaza el coche de lujo con el que debía dirigirse a un santuario mariano. Un gesto de sencillez y pobreza que contrasta con el boato que el común público espera de la investidura papal.

Esa actitud del Papa Francisco no es insólita, sino que integra su manera de ser. Manera de ser que se manifestaba ya cuando, dignatario en la iglesia argentina, se quedaba toda la noche al pie del lecho de los enfermos que visitaba; que se expresa más recientemente, cuando rechaza el oro para su anillo papal, eligiendo la plata dorada, con una imagen diseñada por un creador contemporáneo y no por un artista del Renacimiento.

Sin embargo, a ese Papa restaurador en su mismo país de procedencia varios ex combatientes de la izquierda de los años 70 intentan desacreditarlo, presentándolo como colaborador de las dictaduras militares, incluso como delator.

Y aquí viene el segundo suceso, la segunda imagen y señal, en una de las ceremonias laicas de izquierda de mayor estrépito en Europa, la Fête de l'Humanité (Fiesta de la Humanidad, por el nombre del periódico del Partido Comunista de Francia), el año de 1976.

Hacía apenas un año que había triunfado Vietnam del Norte: El 30 de abril de 1975, un tanque de los comunistas vietnamitas penetraba victorioso a través de las puertas del Palacio Presidencial en Saigón. Caía un símbolo de la reacción y se levantaba, gloriosa, la imagen de la resistencia de los pueblos y de la lucha contra el imperialismo y por el socialismo.

Tras pasar varios meses en el Estadio Chile, luego del golpe de Pinochet en septiembre de 1973, estábamos exiliados en Francia. Residiendo ya en París me encontraba, junto a un inmenso público, ese septiembre de 1976 en la Fête de l'Humanité. De repente un murmullo corre entre el gentío, se transmite una agitación, vibra una expectativa: ¡está ingresando a la Fiesta una delegación de los camaradas vietnamitas!

A empellones logro ubicarme a suficiente distancia para observar a los héroes recién llegados. Mi imaginación recrea la imagen del combatiente vietnamita, a la que me acostumbraron las películas de propaganda militante. Pero lo que veo ingresar no corresponde a esa esperanza: En tres lujosos vehículos ingresan los diplomáticos de la República Socialista de Viet Nam, de rostro impasible, vestidos de pulcros trajes de color oscuro y de impecable corte occidental…

Las revoluciones sociales del siglo XX, de inspiración marxista, cuando triunfaron se encumbraron en los faustos del poder que atacaban cuando iniciaban su lucha desde el llano. En donde las bases militantes no pudieron culminar su éxito, como el caso de Argentina, por ejemplo, no reprodujeron esa fatalidad, sino que parodiaron otra nueva. La mayoría de los gobiernos populistas en América del Sur son versiones posmodernas, con modalidades y reivindicaciones del siglo XXI —el caso de los matrimonios gay como distintivo de poses progresistas— que esos mismos militantes en el siglo XX hubiesen considerado parodia o deformación de su lucha.

De esa manera o de la otra, el izquierdismo, cuando asume el poder no concretiza los ideales que lo motivan: no se efectiviza la justicia social tal como sus sueños impulsores la diseñaban.

¿Será por ello que ciertos militantes tienen tirria hacia otros que, desde distinta vertiente y con otras modalidades, impulsan esos mismos ideales? ¿Puede explicar ello la aversión de algunos excombatientes argentinos de los años 70 a la actual autoridad católica? No lo sabemos, pero el tema es propicio para indagar.

En todo caso es importante seguir el procedimiento del nuevo Papa y las repercusiones que tendrá, sobre todo en nuestro continente. Tomando en cuenta, además, de nuevas actitudes de la izquierda hacia la religión católica que antes se hubiesen considerado extravagantes (sino contrarrevolucionarias y por ello merecedoras del paredón), como que un gran líder obligue a sus seguidores asistir a misa para orar por su salud y curarlo así de su (incurable) enfermedad, o que un país —que sigue siendo referencia de la resistencia al imperialismo— decrete feriado (aun sin explayarse en religiosas razones) el Viernes Santo.