sábado, 1 de junio de 2013

DIGNIDAD Y ANTINORTEAMERICANISMO

Pedro Portugal Mollinedo
pedro-portugal@periodicopukara.com

El gobierno recientemente ha expulsado a USAID, la agencia estatal norteamericana de cooperación, acusándola de injerencia política. El presidente Evo ha definido esa medida como un acto de dignidad nacional.

Poco después, no sabemos si como represalia, el gobierno estadounidense decidió cerrar en Bolivia la Oficina de Asuntos Narcóticos, NAS, por sus siglas en inglés y suspender el financiamiento a partir de octubre 2014.

Esta medida visiblemente confunde a la administración boliviana, acostumbrada a ultrajar al Estado del Norte sin que ello implique represalias notables. Y la confusión proviene no de aparentes asuntos de dignidad, sino de aspectos concretos de ayuda en la lucha anti droga.

Nuestro gobierno abunda en reclamos a la "dignidad", pero lo cierto es que esa presunción parece acabar donde empiezan las necesidades económicas. Se denigra a los Estados Unidos como si el Estado Plurinacional fuese autosuficiente. En el tema concreto de la lucha antidroga, la "dignidad" impide recibir ayuda norteamericana, pero no de otros países.

Bolivia constantemente requiere ayuda en ese campo a países tan disímiles como Francia y Venezuela. Recientemente Alemania financió (junto a otros países occidentales) un horno para incinerar coca, pues ni eso tenemos. Esa "ayuda" se vio completada luego con una estrategia que el gobierno de ese país presentó al nuestro para la reducción en Bolivia del consumo y demanda de drogas. El paternalismo y la coerción no nos ofenden, siempre y cuando no provengan de los EE.UU.

El antinorteamericanismo es política estatal en este gobierno, pero es difícil afirmar que ese sentimiento corresponda al sentir de la población. ¿Hasta qué punto la lucha por la liberación nacional y el socialismo es, irrestrictamente, un odio a todo lo que es norteamericano? Cuando se recarga esa disensión, parece que ello obedece a encubrir fallas y soslayar la dificultad de inaugurar un nuevo estado de cosas; a la impotencia se la camufla así con la honra.

En todo caso, será conveniente que la actual administración modere esa obsesión, no sea que cuando sus gobiernos de referencia —Cuba y Venezuela, por ejemplo— estén amigablemente relacionándose con los Estados Unidos de Norteamérica, nosotros estemos pagando los costos que nos pueden acarrear los traumas y complejos de nuestros gobernantes.