lunes, 19 de agosto de 2013

CUATRO PERIODISTAS

Julio Ríos Calderón
jrioscalderon@hotmail.com

Si hubo un periodista que vivió la realidad política más truculenta y de arbitrario origen en 1971 durante el régimen de Bánzer y en 1981, en la dictadura de García Meza, fue Oscar Peña Franco. Periodista analítico, colaboró en la recuperación del proceso democrático y luchó por su vigencia a cambio de la represión y la violencia que los dictadores ejercieron sobre él. La perseverancia en continuar en la camino de la búsqueda de la verdad, escribir sobre ella, escuchar de ella a través de su voz, y hacer del periodismo un apostolado, fue la obra más nítida de Peña Franco. Nacido en Vallegrande el 6 de enero de 1936 y murió a causa de una enfermedad epática que lo aquejó en los últimos años.

Su hubo un periodista, y un investigador acucioso, que hizo de la realidad boliviana un contrapunto abierto de opinión al criterio de profesionales que aportaron con ideas, diagnósticos y análisis profundos de la realidad boliviana, fue José Luis Cueto, que desde las página de su revista, “Temas en la Crisis” â€'de la que fue directorâ€', logró una plausible labor merced a la constancia de la referida publicación que consignó en sus páginas soluciones a los graves problemas que afectan a Bolivia. Nació en La Paz, en 1931 y murió, también, por una enfermedad que afectó sus actividades. Cueto fue otro comunicador que sufrió las consecuencias de un régimen caracterizado por el terror y la represión. En 1964 fue apresado en el tenebroso Control Político, donde lo balearon a quemarropa. No fue su hora, empero le sacaron 7 balas del cuerpo en la primera curación. La Asociación de Periodistas lo rescató y más adelante se trasladó a Rusia donde continuó su tarea periodística.

Si hubo un escritor y periodista que plasmó en las páginas de varios libros la profundidad de la literatura boliviana a la que le dio nivel intelectual de profunda narrativa, fue Jesús Urzagasti. Su obra estuvo entremezclada de tramas inspiradas en hechos cotidianos en que el amor, la desventura y la vida que transcurre en diferentes facetas, integró personajes no convencionales pero héroes que enriquecieron la escritura de sus obras. El autor de Tirinea (obra elegida entre las 10 mejores novelas de la literatura boliviana), nació el 15 de octubre de 1941 en la provincia del Gran Chasco, al sur de Bolivia. Su fallecimiento interrumpió una producción intelectual caracterizada por la profundidad en el uso del lenguaje.

Si hubo un periodista que protagonizó, de manera poco convencional en la comunicación, escribiendo crónicas y noticias sobre el quehacer nacional, fue Guido Franco Viscarra. Perteneció a la época romántica de la información, cuando las primicias de los hechos no siempre revelados, ilustraban las primeras páginas de publicaciones como “El Diario” y “Presencia”. Franco Viscarra le dio un toque bohemio a esta actividad que concluía en reuniones que posibilitaban continuar con el comentario editorial para el día siguiente. Murio, desafortunadamente por la secuela de un accidente que sufrió y que le quitó esa vida alegre que lo caracterizaba.

Cuatro hombres de letras que se elevaron desde Santa Cruz y La Paz hasta el cielo, dejando entre nosotros la inmortalidad un importante recuerdo intelectual.

Por mucho que nos haya unido a ellos un sentimiento muy íntimo de solidaridad, ante su muerte no podemos resignarnos a sumergirnos en aquel silencio, aconsejado por la sabiduría brahamánica, en cuyo fondo de aniquilación es posible participar de la unidad, donde para los seres juntos en la vida, se desmorona el muro de la muerte física y se restablece el sentido unánime de nuestro destino de átomos.

Hay evidentemente entre esto y aquello, una penumbra de eternidad a la que no es accesible la palabra, ni aún el pensamiento. La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente.