jueves, 19 de agosto de 2010

Evocales electorales

Walter Rómulo "Puka" Reyesvilla Méndez
aguadoble@yahoo.es

De manera más bien discreta, los medios proclamaron la muerte de la Corte Nacional Electoral y, más bulliciosamente, el nacimiento, en su reemplazo, del Tribunal Supremo Electoral.

En realidad, lo que ocurrió fue el entierro de la Corte, porque su deceso propiamente dicho se produjo cuando el operador del régimen, José Luis Exeni, se hizo con la presidencia de la institución a las pocas horas de haber sido designado como representante del Ejecutivo ante la misma. Con sus acciones, Exeni corroboró la suspicacia que había generado su nombramiento y la CNE perdió tal grado de credibilidad que ni la respiración artificial que le diera su sucesor logró revertir. Probablemente estaba calculado que así sucediera: ¡Qué mejor que un órgano desprestigiado para echarlo al tacho!

El tiempo de su institucionalidad está claramente ubicado de la gestión de Huáscar Cajías Kaufmann a la de Salvador Romero ballivián (1991-2008), años en los que el organismo consolidó su independencia y autonomía alcanzando un altísimo nivel de credibilidad. No quiere decir esto que este período hubiera estado exento de dificultades; sin embargo, cuando éstas se presentaban, eran eficazmente superadas con los mecanismos internos que la propia entidad ponía en práctica. La mandaron a matar y la enterraron por mero trámite.

Surge ahora el nuevo instrumento del régimen, el ya mencionado Tribunal Supremo Electoral, dotado de un cuerpo de normas: Ley Electoral y Ley de Régimen Electoral, que no son otra cosa que medios para garantizar, junto al resto de leyes "estructurales" recientemente promulgadas, la obtención del poder absoluto y su reproducción ad aeternum a favor del régimen en curso.

Este nuevo apéndice gubernamental emerge bajo mal signo: un proceso de selección cuestionable, falta de transparencia, quórum mínimo y, lo más sintomático, la violenta designación del delegado de Evo Morales al cargo de presidente del neonato.

Se puede decir, con propiedad, que Bolivia ingresa a la era de los evocales electorales, vale decir de operadores del oficialismo en función de árbitros electorales. ¿Qué seguridad electoral puede esperarse de tal ente?. Me adelanto a señalarlo: ninguna. Lo primero que hizo el presidente del TSE fue sugerir la revisión de la última resolución de la CNE que, haciendo uso de su facultad jurisdiccional en materia electoral, rechaza la conminatoria de la justicia ordinaria para que despoje de sus curules a tres parlamentarios de oposición a favor de otros tantos ex candidatos del MAS.

O sea, de entrada el TSE renuncia a su propia naturaleza, la de ser instancia inapelable en su materia, la electoral.

Venimos siendo testigos de cómo el régimen sigue asestando golpes a autoridades recientemente electas que no obedecen a su línea. Lo hace aplicando un criterio arbitrario ya "legalizado" que no existía cuando éstas decidieron entrar en carrera; el oficialismo cambió las reglas no en medio del camino cuando muchos podían haber optado por retirarse de la contienda, sino al final, cuando éstos fueron elegidos para ejercer los cargos a los que postularon. Este es un claro ejemplo de inseguridad (post)electoral, nunca antes visto, que se suma a las otras posibilidades de manipulación cuando se tiene una institución dependiente del poder totalitario.

Con el advenimiento de los evocales, el campo democrático se restringe aún más.