miércoles, 20 de octubre de 2010

El extenso reino del tiempo que nunca pasó


Dentro del MAS hay grietas interculturales. Una cosa es el Ministro de Educación, D. Roberto Aguilar Gómez, que ha desmentido la amenaza, y otra diferente el Viceministro de Descolonización, Felix Cárdenas, quien se ha creído un Torquemada a la boliviana (un seguidor fiel, un medio-Evo), y está dispuesto a aceptar la misión de retirar todo vestigio colonial, hasta que olvidemos el "tiempo que nunca pasó", que fue aquel en que llegaron a estas tierras nuestros tatarabuelos. El Socialismo Comunitario (que no hay tal) que se predica desde el Etnonacionalismo Autoritario (que es lo que existe verdaderamente ) quiere crear una paradoja, como en las películas de ficción: quiere dejarnos sin ancestros, aunque no puede evitar que existamos; pretende eliminar de raíz el tronco hispano del árbol de nuestros orígenes y, como no puede evitar que los bolivianos sigamos aquí, va a quemar nuestros libros, nuestras opiniones, nuestros recuerdos y nuestras ideas, en las hogueras de las prohibiciones, para que el pasado se convierta en un desierto: el reino del tiempo que nunca pasó.


Dos conocidos míos, que amigos fuimos hace bien poco (en el tiempo de lo que sí pasó), cuando la recuperación de la libertad y la construcción de la democracia, se pelearon a gritos en un aeropuerto el otro día, porque la una se dio el gusto de decirle al otro que este país ya no era suyo y que si la nueva realidad no le gustaba, lo mejor era que se fuera, que estábamos en otro tiempo, "que ya no es el de ustedes" –espetó–. Beto Rosas, médico de vocación, boliviano, demócrata, de izquierdas de toda la vida, no pudo resistir el embate y la emprendió a gritos, entre los que sobresalía eso de que tú no eres quién para echarme de mi país. No hubiera trascendido el chisme si la expulsión no la hubiera decretado nuestra común amiga y compañera de estudios en la universidad, María Esther Udaeta, hoy Ministra de Medio Ambiente, del Gabinete del presidentísimo Morales Ayma.

O sea que los bolivianos somos hijos del tiempo que nunca pasó y si no nos gusta, debemos irnos lejos, según nuestra raza (no es de extrañar, la propia Constitución reconoce diferencias y otorga privilegios según el origen de cada cual). Y quienes nos quedemos tendremos que borrar de la memoria a "La Niña de sus Ojos", la "Chascañawi" (digamos que toda la literatura constumbrista) o "Raza de Bronce", "Sangre de Mestizos", "Socavones de Angustia" y así, poco a poco, hasta quedar definitivamente flotando en El Limbo.

Es mucho pedir. No hay cuerpo que resista. Y sin embargo tampoco hay contestación organizada, no hay liderazgo para decir ya basta, no hay propuesta alternativa. Porque desde este otro lado persiste un complejo paternalista y racista, que se niega (no puede) a tratar al etnonacionalismo, disfrazados de oveja tras su impostación indígena, de igual a igual, es decir tan de carne y hueso como a todos los dictadores del pasado.

Hay que dedicar tiempo a construir la alternativa, con paciencia y con sapiencia, democrática ante todo y sin claudicar.