martes, 12 de octubre de 2010

Quiste Anarquista

Flavio Machicado Teran
flavio@graffiti.net

Luis Arce Gómez encomendaba a sus enemigos “andar con su testamento bajo el brazo”. Hoy se anda con pie de plomo, evitando cruzar la delgada línea que pudiese convertirlo a uno en racista, terrorista, separatista, discriminador u otro tipo de enemigo del Estado. No obstante el neo-miedo reinante, anarquistas de poca moral aún pretenden subvertir la buena costumbre de arrodillarse ante el poder del Estado. Lo más alarmante es que tienen la osadía de hacerlo sin tapujos.

Unos anarquistas aman por encima de todo su libertad individual, neoliberales del existencialismo e idealistas que rechazan la intromisión del Estado en su vida privada. En el otro extremo están los colectivistas, que comparten con el comunismo su desprecio de la propiedad privada. Más anti-capitalistas aun son los llamados anarco-primitivistas, que pretenden desmantelar toda tecnología de escala industrial, para regresar a un estado natural de vida “no-civilizada”. Cualquiera su inclinación, se llaman “anarquistas” porque promueven la anarquía, lo cual implica la destrucción o desaparición del Estado.

Existen otras expresiones destructivas que atentan contra el estado de la hermandad organizada. En Achacachi, perros fueron degollados vivos en representación de grupos sociales; mientras que en Sucre ciudadanos sufrieron graves vejaciones. En ambos casos la reacción visceral fue política, más que racial. En pugnas de poder, el odio manifestado es hacia lo que representa ideológicamente el grupo adversario, más que hacia su etnia, una esencia indígena que compartimos todos los bolivianos.

La discriminación más flagrante es hacia la mujer, porque destruye la moral, calidad de vida y justicia dispensada a mitad del pueblo. Una manera de superar esta perversidad es a través de la educación, desincentivos económicos a empresas que no avanzan la igualdad de género y la creación de condiciones para que la mujer sea económicamente independiente. La mayor fuente de discriminación es la pobreza y dependencia ante un ente poderoso que castiga y se impone a base del miedo. Hacer al pueblo dependiente del poder del Estado es una estrategia bien machista.

Menos los anarquistas, todos entendemos la necesidad de un Estado fuerte y un Estado de Derecho que preserve un orden civilizado. En lo que diferimos es en las estrategias utilizadas para lograr objetivos compartidos. Nadie está a favor de la discriminación. Todos queremos una nación unida, próspera e igualitaria. Mientras más dignidad y éxito tenga mi vecino, más oportunidades de triunfar tendré yo. Pero mientras que naciones progresistas (Noruega y Suecia) avanzan objetivos compartidos a través de la libertad, naciones conservadoras (Corea del Norte, Arabia Saudita e Irán) lo hacen a través del miedo y férreo control por parte del Estado.

Los intelectuales de la extrema libertad son un peligro para la supremacía y hegemonía del Estado, un grupito sedicioso que promueve su conspiración con tretas de muy bajo perfil. El Gobierno no los ve como peligro, porque asume que los anarquistas son cómplices de extrema izquierda. ¡Más bien! Las armas están siendo apuntadas contra los medios de comunicación, un blanco que supusieron sería más fácil. Aplaudo el intento del Gobierno de ponerle fin al racismo y la discriminación. Ojalá eleve nuestra autoestima también creando empleos. Lo que objetamos muchos, es que intente avanzar objetivos compartidos creando entre hermanos miedo y aun mayor división. Su espíritu draconiano está alimentando un extremismo libertario. ¡Qué buen quiste!