jueves, 18 de noviembre de 2010

Precios e incentivos

Hernán Zeballos H.
hernanzeballos@yahoo.com

Continuando con la escasez de ciertos alimentos que produce el país y la elevación de precios, hoy tocaré otros aspectos y realizaré algunas sugerencias de política.

El tema es de considerable interés de la población, tal como lo revelan algunos columnistas, que no siempre le prestan atención a esta importante área económica. Es el caso de Roger Cortés, que titula su nota: "Alimentos y proyecto nacional", manifestando que "mientras el Estado se embriagaba en una fiebre de creación de empresa de dudoso futuro, olvidando sus compromisos con su base social y con miles de medianos y pequeños productores… EMAPA necesita más producción, a riesgo de convertirse en una gran empresa importadora". Yo añadiría que de hecho lo es, contradiciendo su propia denominación.

Otro excelente análisis es el de Svetlana Salvatierra, cuya nota titula: "La falta de política productiva encarece precios de alimentos", con datos del INE -seguramente subestimados- analiza la subida de precios en carne con hueso, azúcar granulada, papa, carne de res sin hueso y almuerzo fuera del hogar.

Gonzalo Chávez, por lo general preocupado con temas de política monetaria y fiscal, apunta: "en el corto plazo está bien importar alimentos y perseguir especuladores y es poco comprensible que el Gobierno no haya adoptado medidas mucho más efectivas".

El IBCE, por intermedio de su portavoz Gary Rodríguez, expresa: "es importante que los planes agrícolas contemplen la inversión en proyectos de riego, en tecnología, investigación y extensión agrícola para prevenir una crisis alimentaria y promover la seguridad alimentaria", son las fórmulas de una política que apunte a fortalecer nuestro aparato productivo.

Frente a esos planteamientos y diagnóstico claro que, como todo el mundo se da cuenta, golpean nuestros bolsillos todos los días de manera creciente, no se puede vivir sin comer y es muy duro padecer hambre; lamentablemente en los últimos 5 años, las respuestas al problema han sido contradictorias: prohibiciones para exportar productos agropecuarios, cuando ello ha contribuido en los últimos 40 años a disminuir nuestra dependencia en la importación de alimentos -recordemos la época de los "barones del estaño", con alimentos baratos importados, para sobrevivir de la minería, con escasa diversificación productiva-. Pizarras en los mercados, con precios que no se sabe cómo se los determina y quién los aplica. Importaciones apresuradas -en defensa del consumidor- cuando en el mediano y largo plazo lo único que se logra es golpear el aparato productivo y fortalecer el de nuestros competidores -Brasil, Argentina, Perú, Chile- que tienen mayor competitividad por mejores condiciones de producción.

La fórmula de solución es sencilla y la hemos vivido entre 1986 y el 2005, mercado libre, apoyo en las áreas en las que el Gobierno tiene que actuar: innovación tecnológica, asistencia técnica, crédito en condiciones competitivas y, sobre todo, seguridad jurídica en todas las áreas, particularmente en lo que hace a la tenencia de tierra y las condiciones de producción y comercialización. Se requiere devaluar el peso boliviano, para mejorar la competitividad en la exportación de nuestros productos. Para inducir a los productores no se necesita garrote, hay que aplicar incentivos. De otra manera, acabaremos como ciertos países dependiendo de una libreta de racionamiento, para que nos digan qué podemos comer.