lunes, 16 de mayo de 2011

Apología del fracaso

Raúl Prada Alcoreza
prada.raul@gmail.com

El señor Pablo Stefanoni se ha convertido en un apologista del fracaso. En el fondo hace cantos y loas a los errores, deviaciones y fracasos de la conducción del proceso. Nos vuelve a lanzar como gran receta ser pragmáticos como el presidente de Chile Sebastián Piñera. Sugiere siete reformas estructurales, centradas en la seguridad ciudadana, pobreza, modernización del Estado, medio ambiente, institucionalidad democrática, salud y educación. Es decir, lo mismo que se ha venido haciendo desde décadas atrás, tanto por parte de los gobiernos neoliberales y de la actual conducción del gobierno de Evo Morales. Stefanoni convierte en paradigma de lo que hay que hacer al programa de gobierno de la derecha chilena, de los momios, de la burguesía rapaz, que tumbó al gobierno de Salvador Allende. Ya no se trata sólo de una apología del fracaso sino de la apología de la derecha, por lo menos de lo más sobresaliente de la derecha latinoamericana, la derecha chilena. Stefanoni tiene una particularidad desconcertante, desconoce el pasado, pero también el presente, los debates dados durante la década de los cincuenta y sesenta, tampoco no termina de entender nuestros debates en el presente; empero, a pesar de estas deficiencias, se anima a sacar supuestas críticas a sus fantasmas, a los pachamamicos, ahora a la izquierda cobista, también a los supuestos postmodernos, llamándoles la atención sobre la falta de pragmatismo y sentido común. Atributos desbordantes en el apólogo del fracaso.

¿Qué es lo que se debatía durante la década de los cincuenta y después durante la década de los sesenta en Bolivia? Decir que la discusión entre la izquierda marxista y el nacionalismo revolucionario se reducía a si se debía o no indemnizar a los barones del estaño, es una muestra patética del más completo desconocimiento de la polémica de aquellos años. La COB contaba con su propio programa, la Tesis de Pulacayo, que es un programa de transición al socialismo, basado en la caracterización de país capitalista atrasado y de desarrollo desigual y combinado. Las distintas tendencias del MNR, que después incluso van a formar partidos, tenían distintas interpretaciones de la revolución. La tendencia aglomerada alrededor de Juan Lechín Oquendo, con fuerte presencia organizacional en la COB y en las milicias obreras, impulsaron con armas en la mano, en ausencia del ejército, destrozado, vencido y demolido, la nacionalización de las minas. En ese entonces esta tendencia se alimentaba por las tradiciones anarcosindicalistas conformadas en Bolivia, así también por las fuertes y discursivas tendencias trotskistas, de influencia moral e ideológica. Tan fuerte es la atracción de la revolución del 1952 que un bloque trosquista importante ingresa al MNR, en la perspectiva de hacer entrismo y terminan formando el partido revolucionario. Si nos atenemos a los discursos de entonces el proyecto que se debatía es cómo se iba a continuar y profundizar la revolución, cómo se iba a construir el socialismo sobre la base de la revolución nacional. La tendencia gubernamental del primer periodo de la revolución nacional, tendencia que se va convertir en centrista, encabezada por Víctor Paz Estensoro, planteaba también problemas que tienen que ver con las posibilidades del socialismo. En un discurso de la época Víctor Paz Estensoro expuso su tesis, que puede resumirse de la siguiente manera: Para ir al socialismo debemos cumplir etapas, cumplir con las tareas democráticas burguesas pendientes, crear las condiciones económicas y objetivas para construir el socialismo. Tal era la fuerza de la victoria de una revolución obrera y popular, por su contenido social en la acción revolucionaria, un pueblo en armas, y de una revolución nacionalista, por los alcances del programa del MNR, que la discusión no podía dejar de ser estratégica. Tampoco olvidemos los debates de la década de los setenta cuando Sergio Almaraz Paz y René Zavaleta Mercado encarnaban una crítica al tiempo de las cosas pequeñas en las que se enredaron los gobiernos posteriores del MNR, exigiendo consecuencia con los postulados de la revolución, con el control de los recursos naturales, con la soberanía sobre los recursos hidrocarburíferos, con la soberanía y la conciencia nacional. Intensos escritos se producen en la época, interpelando a los gobiernos del MNR. Por último esta tenencia juvenil del MNR va a proponer defender la revolución con las milicias armadas frente al golpe militar del General René Barrientos Ortuño. Decir que no había una discusión sobre la radicalización de la revolución es no solamente desconocer espantosamente el debate de entonces sino despreciar una de las etapas más ricas de la historia insurgente boliviana.

Stefanoni hace gala de su desconocimiento, se pregunta: ¿Acaso hay un análisis del capitalismo boliviano actual? ¿Y de cómo los diferentes sectores, subalternos y dominantes se articulan a él? Se nota que desconoce las obras Sergio Almaraz Paz y de René Zavaleta Mercado, también la de Marcelo Quiroga Santa Cruz, quienes se encargaron de hacer un análisis concreto de las formas del capitalismo en Bolivia. Sobresalen investigaciones como las de El poder y la caída, Petróleo en Bolivia y Réquiem para una república de Sergio Almaraz Paz, Formación de la conciencia nacional, Cincuenta años de historia y Lo nacional-popular en Bolivia de René Zavaleta Mercado. También podemos nombrar Saqueo en Bolivia y Oleocracia o patria de Marcelo Quiroga Santa Cruz. En lo que respecta a escritos contemporáneo, asombra su desconocimiento de los escritos e investigaciones publicadas por Luis Tapia Mealla, quien precisamente ha trabajado interpretaciones y caracterizaciones de la formación social boliviana desde la episteme y el método del conocimiento concreto.

¿Qué quiere decir Stefanoni con aquello de no hay vida a la izquierda del evismo? ¿Qué sólo tiene vida la derecha? ¿Qué no hay nada más allá de Evo? ¿A que nos condena? ¿Al fracaso? Ese es el chantaje de los burócratas del gobierno que no ven nada más allá de ellos, su mediocre gestión, la suplantación del proceso de los movimientos sociales, la reducción teatral de los alcances de la Constitución a un folclore patético, el sometimiento de la nacionalización a las empresas trasnacionales, y la delimitación de un supuesto proyecto industrialista a los alcances de la geopolítica de una potencia emergente. Este caballero desprecia el esfuerzo y el sacrificio de los movimientos sociales y naciones y pueblos indígenas durante seis años de lucha sostenida (2000-2005), desprecia el horizonte abierto por los bolivianos con su Constitución, proponiendo un Estado plurinacional comunitario autonómico, abriendo el camino de la descolonización. Este desprecio y este desconocimiento no solamente son perturbadores sino que manifiestan claramente un ingenuo e infantil apego al pragmatismo que nos arrastra al fracaso.