jueves, 19 de mayo de 2011

La Imparcialidad del árbitro

Guillermo Capobianco Ribera
memocapobianco@gmail.com

Los miles de millones de seguidores del buen fútbol no habrían podido seguir con entusiasmo y hasta con cierto fanatismo, la finalísima entre el Barcelona y el Real Madrid, desde el Santiago Bernabeu, y difundida mediante poderosos medios televisivos al mundo entero.

Millones de amantes del fútbol, tampoco habrían seguido hasta con fiestas en sus respectivos países y domicilios el "choque" de los supercampeones enfrentados bajo el principio de la competencia leal y el pundonor deportivos sobre la base del talento y la profesionalidad de sus grandes figuras.

Competencia leal en base a reglas claras y precisas que vigila celosamente en su cumplimiento la FIFA, a nivel planetario, y el árbitro en la cancha.

El árbitro debe ser imparcial.

Comprobadamente imparcial porque está bajo la fiscalización no sólo de los niveles jerárquicos del deporte mundial, sino también, fundamentalmente, de los ciudadanos que animan a sus campeones desde las graderías del estadio con verdadera pasión y entusiasmo desbordante.

Compiten con lealtad profesional los técnicos mundialistas como el portugués Mouriño del Real o Pepe Guardiola del Barza, y ambos, apoyan la gestión de Vicente del Bosque, entrenador de la selección triunfadora en el campeonato del mundo.

En el gramado, la autoridad inapelable del encuentro es el árbitro.

Es un profesional al servicio del deporte.

Es imparcial y vela porque en el campo de juego se respeten las reglas y se practique el comportamiento deportivo de competencia leal para brindar un espectáculo de primera categoría y proclama al vencedor de la jornada en buena ley.

Así gana el deporte de multitudes, gana el país, ganan los equipos mundialistas, ganan las estrellas rutilantes como Leonel Messí, Andrés Iniesta, Iker Casillas, Cristiano Ronaldo y todos y cada uno de los jóvenes campeones.

Pero, ante todo y sobre todo, gana el ciudadano del mundo, de todos los países, de todas las etnias y clases sociales, de todas las religiones, de todos los regimenes políticos y sociales.

Haciendo un ejercicio de deporte-ficción, si el arbitro fuera nominado por una asamblea plurideportiva, con una terna cerrada, enviada por el órgano deportivo dependiente del Ministerio de Deportes obedeciendo a la vez al Presidente inapelable de una supuesta liga Suprema Deportiva, entonces ganará sin duda el equipo del Supremo Presidente que colmará las graderías del estadio con ciudadanos a sueldo y con orden de atacar a los del otro bando en caso de que las cosas no marchen bien.

Se estaría dictaminando, mediante sendos Decretos, la decadencia del deporte, la del país y la del futbol mundial que dejaría de ser pasión de multitudes y un espectáculo fuera de toda sospecha, para convertirse en instrumento de manipulación del Supremo Presidente y de su séquito de poder palaciego.

Pelé, Maradona, Guardiola, Mouriño y los históricos mundialistas de este país como el Diablo Etcheverry, Platini, el flaco del medio campo del Boca y los campeones de la Academia Tahuichi ingresarían a un ciclo de tristeza y de olvido.

Cualquier similitud con nuestra realidad desafortunadamente no es pura coincidencia.