domingo, 1 de mayo de 2011

LA JORNADA DE OCHO HORAS

Julio Ríos Calderón
jrioscalderon@hotmail.com

Desde la época de los grandes constructores que edificaron los principales y más antiguos edificios del mundo, la jornada de trabajo asomó de ocho horas. Estos "albañiles libres", simbolizaban inclusive sus herramientas para que su obra sea repartida con equidad durante las 24 horas. De ahí se conoce la regla de 24 pulgadas, que en épocas remotas aclaraba la diferencia entre "¿vivir para trabajar?" o "¿trabajar para vivir?". De ese instrumento de la arquitectura se desglosó que 8 horas debían destinarse al trabajo, ocho al estudio, y 8 horas al descanso reparador.

El Primero de Mayo fue elegido por los trabajadores para manifestarse al unísono, y en todo el mundo, contra las condiciones de trabajo a las que se hallaban sometidos. Y si desde su nacimiento tuvo carácter de internacional fue porque se quiso manifestar que por encima de naciones y colores todos tenían en común el máximo denominador de pertenecer a la clase obrera.

Y esto, dicho por pasivo; pero si lo preferimos por activo querría decir que todos reconocían tener un enemigo también común; sus empleadores o, con mayor rigor, el sistema que permitía la existencia de la lucha de clases.

Desde hacia varios años el gran tema era lograr la oficialización internacional de la jornada máxima de ocho horas, un anhelo que había sido alcanzado sólo por unos pocos en escasos países, mientras que en el amplio espectro mundial aún había quien trabajaba catorce o dieciséis horas interrumpidas, sin discriminación de edad ni sexo.

Está claro que en la mente de todos permanece como fecha que marcaba un hito en la lucha por la hornada de ocho horas, el Primero de Mayo de 1886. Aconteció en la ciudad de Chicago y que no fue ninguna celebración sino la fecha fijada por los obreros sindicados norteamericanos y canadienses para que se pudiera en práctica la jornada de ocho horas

Si la fecha fue elegida el primer día del quinto mes obedecía a que ese era el día que, como práctica común, hacían servir en Norteamérica como "fin de año" en lo que se refiere a término de locaciones, contratos y arrendamientos. En otros término, que era la fecha de inicio y finalización de lo que hoy ya llamamos un "ejercicio comercial". Vale decir que era la más indicada para comenzar las nuevas contrataciones de acuerdo al nuevo régimen que los obreros reclamaban. Que se lo fueran a conceder sería otra historia, trágica, por cierto.

Como era de suponer, entre la fecha de la resolución obrera y el Primero de Mayo de 1886 nadie se sentó a esperar. Al margen de las negociaciones, los movimientos obreros presionaban a las patronales con continuas huelgas, que respondían con despidos masivos y apaleamientos que las autoridades encubrían.

Con todo, el movimiento de reclamaciones iba en ascenso y no faltaron empresas que concedieron la jornada de ocho horas mucho antes del Primero de Mayo. Cobraban nuevas fuerzas los que todavía no lo habían conseguido. Pero las empresas más "comprensivas" eran las menos. La mayoría se aferraba a sus privilegios y la prensa hostigaba a las autoridades para que trataran con mano dura a huelguistas y agitadores.

Los trabajadores de Chicago eran, precisamente, de los que se hallaban en peores condiciones. A la jornada de catorce o dieciséis horas se sumaba el hacinamiento en viviendas de mala muerte, muchos obreros solteros dormían en los corredores de esas viviendas y los salarios apenas alcanzaban para cubrir una alimentación deficiente.

La movilización había sido gigantesca y provocado un sensible engrosamiento de las organizaciones obreras pero, con todo, para la mayoría sólo significó entrar en la huelga indefinida. Comenzaba la desconcentración cuando la policía irrumpió: una bomba cayó entre los agentes hiriendo a unos sesenta uniformados. El resto fue una carnicería. La cuidad fue puesta bajo estado de sitio y comenzó la caza del agitador.

Con meridiana seguridad, ahí se tuvo el génesis del Primero de Mayo como día universal de la lucha de la clase obrera; pero apenas fue el primero, ni siquiera el más violento. Durante decenios fue el día en que todos los obreros concienciados salían a expresarse contra el sistema. Ese día, el temor y la violencia corrían por las calles. Y también la sangre.

Así, año a año, se fueron ganando pequeñas parcelas para la justicia social. La jornada de ocho horas es hoy una realidad cotidiana en gran parte del mundo, lo mismo que otras muchas mejoras sociales que europeos, norteamericanos y bolivianos y algunos países del hemisferio sur disfrutan relajadamente. En esta fecha universal es que nos permitimos mirar por encima del hombro de un pasado que deberíamos recordar con agradecimiento.