martes, 30 de agosto de 2011

El triste legado urbanistico del Mov. Sin Miedo

Amalia Gonzalez Riveros
g.riveros47@hotmail.com
Apenas un año después de la inauguración de la Plaza del Bicentenario, frente a la UMSA y en el nudo Villazón de La Paz, el resultado no puede ser más desolador: el suelo está lleno de negras manchas de suciedad que nadie limpia, la mayor parte de las luces led no funcionan, faltan buena parte de las letras del feo monumento del centro que además está lleno de grafitis y han desaparecido muchas de las baldosas del piso y las que siguen en su sitio están en su mayor parte rotas o agrietadas. Haciendo honor a su nombre, la Plaza del Bicentenario sucia y maltrecha, es ya bicentenaria en su aspecto decadente aunque sea casi nueva en su construcción. Cabe preguntarnos qué ha pasado y quién va a rendir cuentas de ese desaguisado. ¿quién aprobó para el suelo un piso de baldosa que evidentemente no soporta alto tráfico? ¿Quién ha dado la orden de que el piso jamás se limpie? ¿quién pegó con uhu las letras del monumento del centro? ¿quién ha decidido que las luces led rotas no se restituyan jamás?

Esta es una herencia de Juan del Granado. Del mismo modo que el infame Parque Urbano Central, que ni es Parque, ni es Urbano ni es Central y sólo es un ejemplo más de cómo se puede hacer algo sin el más mínimo gusto, usando materiales de bajísima calidad y primando los fines políticos de corto plaza sobre la calidad del resultado final. Porque los problemas de nuestra amada ciudad no son solo el horrendo parque y la destartalada plaza del bicentenario. El legado urbanístico de la actual (y la anterior) gestión edilicia a Nuestra Señora de La Paz es muy pobre, apenas fuegos de artificio de cara a las inauguraciones que luego van desmoronándose ellas sólas: ese monstruo horrible y escandaloso que es el Mercado Lanza, sin duda un crimen de lesa paceñidad, la construcción más fea que podía realizarse en uno de los lugares más bellos de nuestra ciudad. Yo, particularmente, soy partidaria de su inmediata demolición; ese mingitorio maloliento, ese ghetto de los comerciantes minoristas que es el Pasaje Nuñez del Prado; el calamitoso acabado final del teatro al aire libre; esos Trillizos contrahechos, deformes y subutilizados por los que casi nadie transita. Confieso que todavía no he ido a ver la Plaza Mayor. Tengo verdadero pavor de ir. Me temo lo peor. Soy una mujer mayor y mi corazón ya no soporta ciertos sobresaltos

Si esas son las grandes obras que revitalizan el centro, mejor no saber cómo serán las obras en los barrios de verdad de las que tanto se quejan los vecinos. Basta leer los titulares de los periódicos para percatarse de la triste realidad: Las denuncias se repiten por decenas: "una gradería se cayó en San Juan Alto Tembladerani" o "en Kenanipata una calle tenía huecos para un barandado que no existía" o "en Villa San Antonio la mala calidad de las obras ponen en riesgo la integridad de los vecinos".

Es sin embargo bueno insistir es que éste no es un problema exclusivo de La Paz ni de los Sin Miedo, sino que atraviesa transversalmente toda nuestra sociedad. La alcaldía del MSM es la nuestra, la mía, por eso debo hablar de ellos primero, pero cualquiera que haya caminado por el resto de los pueblos y ciudades de nuestro país sabe que en todos lados es igual. La lógica, tan boliviana por otro lado, tan repetida por todos como si se tratara de un dogma de fe, de que "obras son amores" nos ha llevado a esto. Las necesidades son tantas que todos queremos obras en nuestro barrio, en nuestra calle, frente a la puerta de nuestra casa. Lo que sea, pero que nos construyan o nos reparen alguito que palíe al menos alguna de nuestras necesidades. No nos importa ni cómo ni con qué ni de qué forma, queremos algo que nos demuestre que las autoridades se acuerdan de nosotros.

Los políticos han escuchado el mensaje con claridad: lo mejor es hacer muchas obras, aunque todas sean de mala calidad, es mejor que cada barrio tenga su obrita, aunque no les dure ni seis meses, porque eso es lo que la gente reclama. Luego, claro, las graderias se desmoronan, los taludes se derrumban, los parques se deterioran delante de nuestros ojos.

Entonces, los bolivianos y las bolivianas debemos dar un paso más, otra vuelta de tuerca. Exigir obras, sí, pero exigir que estén bien hechas, que no sean un peligro ni una verguenza ni una afrenta estética.