miércoles, 17 de agosto de 2011

Reflexiones sobre el TIPNIS

Eduardo Campos Velasco
eduardocamposdc@yahoo.es

En los últimos días, es indudable que el tema central del acontecer nacional está marcado por la marcha de los indígenas del Isiboro Sécure, que como aquella del año 1992 - que también se inició un 15 de agosto – abre finalmente un debate soslayado por mucho tiempo referido a la gestión del desarrollo. Sin embargo, las reivindicaciones que enarbola la marcha, por demás legítimas, no han logrado centrar la atención en el tema de fondo, limitándose a provocar adhesiones y rechazos a la construcción de la carretera en cuestión, sin reparar que lo que está en juego – aunque parezca desmedido - es algo más que los impactos que se puede provocar en el Isiboro Sécure.

La evidente adhesión de una gran parte de la población boliviana a la demanda de los movilizados, más allá del legítimo reclamo por la consulta previo que no se efectúo, no debe hacernos perder de vista que el tema de fondo trasciende los límites del propio escenario en cuestión y de la participación de los actores involucrados. Por supuesto que existe indignación por el cambio de discurso del gobierno, que hasta hace muy poco, utilizó como componente central de su ideario político la defensa de los derechos de la madre tierra. ¿Cómo olvidar que fue el propio presidente Morales, quien ante la comunidad internacional planteó como una novedad la incorporación de los derechos de la naturaleza?

Más allá de la evidente contradicción del gobierno y las legítimas reivindicaciones de los pueblos indígenas de Isiboro Sécure, debiéramos advertir que el conflicto en curso nos plantea un tema de fondo, que en definitiva es el que la sociedad boliviana esta obligada a resolver. Se trata de debatir, identificar y definir el paradigma, la concepción de desarrollo, la vía por la cual, en términos conceptuales y prácticos, la sociedad boliviana puede abordar el rumbo que le permita superar el subdesarrollo en el que se encuentra.

La carretera San Ignacio de Moxos – Villa Tunari, es apenas un ejemplo de lo que puede suceder de aquí en adelante, si no definimos cual es nuestra concepción de desarrollo. Alguien dirá, eso ya está resuelto en la nueva constitución aprobada por el 64% de los bolivianos, pero la realidad, el conflicto que estamos viviendo, nos dice que no es así. Precisamente el TIPNIS es la prueba que lo que está escrito en la NCPE, resulta contradictorio e insuficiente.

El conflicto es por demás suficiente para demostrar que lo escrito en la norma y las acciones emprendidas por el gobierno han entrado en franca contradicción. Claro, mientras se trataba de conseguir votos, el discurso de defensa de la naturaleza permitía triunfos electorales; pero ahora que se trata de gestionar el desarrollo, la norma y la demagogia, se ven enfrentadas a la realidad, obligándoles – creo que contra su voluntad - a reconocer un conjunto de factores que habían ignorado y que no pueden ser controlados desde la perspectiva interna – como en algún momento creyeron - determinantes que condicionan fuertemente la gestión del desarrollo.

Básicamente son factores del contexto los que obligan – y no sólo al gobierno – a reconocer que si nuestro propósito como sociedad es alcanzar niveles aceptables de desarrollo que nos permitan superar el estado de situación actual, pobreza, desigualdad, baja producción y productividad y, un enclaustramiento no sólo físico, sino y sobre todo económico que se expresa en una lejanía de los principales circuitos comerciales internacionales, nos obligan a definir con la mayor claridad y precisión una concepción de desarrollo, un paradigma para alcanzar el bienestar colectivo, que más que deseado, sea posible y real, sea aplicable y permita resultados.

Ese es en mi criterio, el tema de fondo planteado por la marcha del TIPNIS y las respuestas a esa problemática, además de resolver las demandas de los actores involucrados (principalmente los pueblos indígenas) y superar las amenazas a las áreas comprometidas (el territorio del Isiboro Sécure), permitirá resolver la gestión del desarrollo en términos integrales.

Como verán, no se trata de apoyar militantemente la marcha de los indígenas movilizados o – peor aún – la postura del gobierno, que a estas alturas ha entrado en una contradicción indisimulable. Se trata de plantear respuestas a la gestión del desarrollo, a ese que no tenemos, a ese que queremos acceder, ese que no necesariamente tiene que destruir la naturaleza para otorgarnos bienestar. No depredar y dilapidar los recursos naturales que disponemos y a la vez, modificar significativamente las dramáticas condiciones en las que vive la mayoría de la población de este país.

Ahora más que nunca se hace evidente esa frase que suele utilizarse para describir nuestra situación. Se dice: "los bolivianos son unos pobres sentados sobre tesoros, sin saber que hacer", si morirse de pobres sin aprovechar lo que tiene o dilapidar su tesoro sin sentido. Por supuesto, que la tercera opción – que es la que no nos animamos a asumir – es la única que puede permitir salir de la pobreza, sin necesariamente destruir los tesoros que se constituyen en la base de ese cambio.

El desarrollo sostenible, no es una novedad, no se trata de una hipótesis, es el paradigma actual de desarrollo que las sociedades sensatas y exitosas están aplicando. No se trata del desarrollo a cualquier costa o de hacer de la naturaleza un paisaje intocable; se trata de administrar eficientemente lo que se dispone, pensando en el presente y en el futuro; se trata de hacer de los "ahorros" (la dotación, los recursos naturales, las riquezas) el factor (el capital) que impulse el bienestar de la sociedad.

En lo concreto, en el tema en cuestión, es por demás inevitable e imprescindible que se produzca la consulta previa a los involucrados, Está en la norma y más allá de que así no fuera, es lo justo y racional. Por otro parte, es también evidente la necesidad de impulsar la vertebración de la economía nacional con los principales actores económicos de la sub región, garantizando por varios medios, entre ellos la construcción de carreteras, que Bolivia no quedar al margen de las redes y circuitos que se están conformado y que por el contrario, esa integración, facilite una pronta y efectiva participación de nuestra economía en el contexto internacional.

El camino San Ignacio de Moxos – Villa Tunari en concreto, más allá de vincular los departamento de Beni y Cochabamba y sus comunidades, se trata del tramo de uno de los corredores más importantes que puede permitir que la producción y economía brasilera acceda al pacifico por territorio boliviano, con los consiguientes beneficios que ello puede tener para el desarrollo de nuestras propias potencialidades exportadoras. Por supuesto que – lo racional nos lo dice – es inadmisible que lo hagamos destruyendo el TIPNIS, por lo tanto, la solución está más bien en el ámbito estrictamente técnico y económico. Sera más caro el camino, pero el impacto ambiental será también menor. Cambio de trazo del tramo II y consulta previa resultan imprescindibles.

Finalmente, es pertinente decirlo. Tanto las visiones ambientalistas que quieren hacer de nuestros ecosistemas, unas fotos de postal; así como aquellas que quieren el desarrollo a cualquier precio, felizmente han sido superadas conceptualmente y ambas nunca han estado en condiciones reales de cambiar la vida de los hombres para bien.