jueves, 6 de octubre de 2011

El fracaso del culturalismo

Pedro Portugal Mollinedo
pedro-portugal@periodicopukara.com
http://www.periodicopukara.com

La crisis como consecuencia del tratamiento al problema del TIPNIS, tiene muchas facetas. Una de estas nos parece esencial: es la que inspiró el universo discursivo del actual gobierno y la aplicación de varias de sus políticas y que tiene también relación directa con el problema del TIPNIS. Nos referimos al culturalismo.
El culturalismo, en sus diferentes versiones, es la concepción según la cual el problema social en situación de poblaciones diversas se reduce, en definitiva, al tratamiento de las relaciones culturales. Como estrategia socio política el culturalismo surge para tratar el problema de los migrantes y de minorías nacionales en sociedades altamente industrializadas. Esta estrategia se definió bajo el nombre de multiculturalismo.

En los países llamados del Tercer Mundo o subdesarrollados, el multiculturalismo ingresó hace décadas como estrategia de los organismos internacionales y de ONGs, inicialmente como enfoque educativo. Para entonces las limitaciones del multiculturalismo (que significaría una relación estática entre culturas, susceptible de mantener esquemas de dominación y de poder) se quisieron remediar mediante el interculturalismo (que indicaría una interrelación dinámica, propensa a desarrollar dinámicas de cambio, comunicación e igualdad). El resultado de estas corrientes fue una hegemonía de pensamiento en el campo de las ciencias sociales, apoyada en una sólida y costosa burocracia internacional, de ONGs y de instituciones locales.

Como política de estado el culturalismo fue instrumentado por gobiernos conservadores que vieron en la diversidad cultural una manera de contentar a los organismos internacionales con supuestas políticas de reconocimiento de identidades, políticas que finalmente no eran sino instrumentos de dominación. Los gobiernos populares, de izquierda y «de cambio», de reciente vigencia en el continente, aplicaron también las recetas culturalistas, dándoles una intención revolucionaria. El gobierno de Bolivia creyó, por ejemplo, que el «reconocimiento de la dignidad del otro» era la solución de los problemas sociales y estructurales. En esta lógica, se llegó al recurso mágico de cambiar el nombre para transformar la realidad. Modificando el nombre de la organización de los migrantes andinos en tierras bajas de Confederación de Colonizadores a Confederación de Comunidades Interculturales, el gobierno imaginó que esos migrantes se dedicarían a hacer rondas interculturales con los habitantes originarios de esos lugares. Los recientes enfrentamientos en el TIPNIS seguramente sacarán de ese sopor intercultural a los burócratas plurinacionales.

La plurinacionalidad, consagrada en la nueva Constitución, se basó en supuestos de diferencia (económicos, jurídicos y políticos) de imposibilidad ejecutiva y que están al origen de la actual crisis del TIPNIS. El gobierno, asumiendo cánones culturalistas, se dedicó a organizar matrimonios colectivos, proclamar años nuevos aymaras, hacer rituales propiciatorios, difundir peroratas pachamamistas y otras folcloridades parecidas.

Cuando este gobierno se vio enfrentado a crisis agudas (el llamado gasolinazo y el reciente problema del TIPNIS), de nada sirvieron esos exorcismos culturales para interpretar y solucionar esos problemas. Así, el culturalismo en el contexto de regímenes populistas de izquierda, es también instrumento de dominación, pero con añadidos bufonescos y retardatarios.

El culturalismo perenniza y agrava la situación colonial e infantiliza al indígena que lo asume. Enajena al colonizado su capacidad social transformadora y lo convierte en un ser esencialista. La naturaleza de los problemas en países como Bolivia, son históricos y estructurales. Se trata de descolonizar, no como algarabía posmoderna, sino como urgencia realista nacional que tiene componentes sociales y económicos con un necesario enfoque unitario y contemporáneo.