jueves, 6 de octubre de 2011

La venganza de la naturaleza.

Sergio Lea Plaza
sergioleaplaza@hotmail.com

Cuentan los guaraníes que cuando sus ancestros cazaban la dosis de veneno que llevaban sus flechas era poderosa, pero insuficiente para matar al "león". Si después de unos días -de seguirle el rastro- sobrevivía, lo dejaban en libertad, pues representaba un ejemplar fuerte, necesario para reproducir su especie. Si no sobrevivía, entonces recién era utilizado como alimento para la comunidad.

Para quien no se enteró, los pueblos indígenas sostienen otra cosmovisión. Para ellos el hombre no es un ser único que se sitúa en el centro del universo para gobernarlo y disponer de todo lo que le rodea para su servicio particular e ilimitado. Los indígenas se ven a sí mismos como parte inseparable de su entorno, en realidad una parte más, que debe convivir en equilibrio con las otras partes. Por ello no poseen tierras, viven en un territorio.

Construir una carretera que atraviese un territorio indígena, como el TIPNIS (Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure), constituye una guerra contra su existencia y, bajo su concepción, una grave amenaza contra la vida misma. No solo por el daño que causaría la propia construcción a la naturaleza, sino por los usos de la tierra que esta infraestructura permitiría. Uno de ellos, en el caso particular del TIPNIS, tiene que ver con la expansión de los sembradíos de coca y la probable transformación de la zona en un lugar de producción de los derivados de dicha planta y, en virtud de ello, en un foco de violencia.
Sin embargo, con la misma lógica del colonizador de hace 500 años, que no entiende las sinrazones de los "salvajes" (quienes no saben lo que hacen), el régimen que gobierna Bolivia ha usado arrogantemente su poder para intentar silenciar a los indígenas que, al defender su territorio, osaron con oponerse a la construcción de la carretera.

Pero, lo que no sabe el régimen es que su propia acción lo ha desnudado de cuerpo entero y le ha provocado una herida en el corazón. La represión contra los indígenas que intentaban marchar hasta la sede de gobierno, un grave error militar, se ha constituido en un hecho político de impacto nacional e internacional, que ha permitido visibilizar las profundas contradicciones del denominado "proceso de cambio". La teoría del vicepresidente García Linera, según la cual el país ya no vive conflictos de visiones de país, sino una fase de tensiones naturales y de baja intensidad entre los sectores populares, al parecer ha quedado desfasada.

Más bien, ahora su intuición les dice a los propios sectores populares que algo realmente anda mal; probablemente lo propio sucede con la comunidad internacional. Y es que los pueblos indígenas han dejado en evidencia que no se trataba del primer gobierno indígena que llevaría al país a los más trascendentales cambios:

La construcción de un Estado plurinacional -con 36 naciones reconocidas- que funcionase a partir de la inclusión de los desposeídos en la toma de decisiones, a través de un conjunto de mecanismos, entre ellos la consulta previa (establecida en la nueva Constitución Política), ha quedado solo en el papel. De la misma forma que la promesa de avanzar hacia un modelo de democracia radical, que, más bien, parece un modelo de democracia cooptada, con la toma de todos los poderes del estado y con un gobierno que se arroga la representación total.

Asimismo, se constata que la incansablemente repetida consigna de lucha contra el capitalismo, había estado recubierta de una visión desarrollista, que, por decir lo menos, utiliza los mismos métodos que el capitalismo (¿buscara los mismos resultados?). Con la carretera, se trataría nada menos que de abrirle la puerta al capitalismo, para poner a la selva a su servicio.

En esa perspectiva, si es que prosperase la intención de meter los tractores a las entrañas de una de las áreas protegidas y de mayor biodiversidad de Bolivia, el famoso discurso internacional de defensa de la madre tierra y la cultura indígena de la vida quedaría en entredicho.

Pero también ha permitido dejar al descubierto algo que se pregonaba como pilar fundamental del cambio, la lucha contra la corrupción. Cada vez más voces aseguran que detrás de la construcción de la carretera se encuentran elevados sobreprecios y adjudicaciones irregulares.

De esa forma, las dudas acechan y minan la principal idea política que sustentó al gobierno de Evo Morales: el cambio para los sectores populares. Y la gente empieza a asumir que todo se trataba de la brillante puesta en escena de una obra de teatro. El nuevo país de la inclusión y la igualdad, inaugurado por una nueva Constitución Política, quedaría solo en el inventario.

No obstante, con arrogancia reiterada, típica de quien se cree dueño de los pueblos, el poder persiste en su empeño de derrotar de cualquier forma a los indígenas del TIPNIS, que tras retomar la marcha se encaminan hacia La Paz. Lo hace sin percatarse que se encuentra en gran desventaja y sin asumir que ésta no es la lucha contra la oposición o contra un sindicato. De hecho, al haber aniquilado a la oposición política, por medio de la persecución judicial, no es que acabó con los conflictos en el país, más bien lo que hizo, paradójicamente, fue reponer las luchas populares que, a su vez, han colocado al gobierno en el centro de la conflictividad. En ese contexto, en vez de asumir la representación del conjunto, el gobierno pareciese ser el representante de un sector privilegiado, el cocalero.

Por el momento las flechas de los indígenas han herido al régimen. Y le han dado la oportunidad para que en unos días demuestre si puede sobrevivir o no. Mientras tanto continuarán marchando hacia su encuentro, a los pies del Illimani.