martes, 16 de octubre de 2012

1982


Julio Aliaga Lairana


Hace treinta años, el 10 de octubre de 1982, yo tenía más de veinte y vivía en Madrid, estudiando sociología en la universidad; pero además era representante del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria ante el Partido Socialista Obrero Español y otras organizaciones políticas y partidos de la reciente democracia en esa parte del mundo (el dictador Francisco Franco había muerto el año 1975); Felipe Gonzales Márquez no era el prestigioso estadista como se lo recuerda hoy, ni había logrado aún la Presidencia del Gobierno en España.

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El MIR mantenía organizada en Europa una estructura de apoyo que funcionaba desde principios de los años 70 y que coordinaba entre bolivianos y europeos las relaciones de solidaridad y apoyo con la democracia en Bolivia; estábamos en varios países, pero principalmente en Alemania y los Países Bajos, Belgica y Holanda, desde donde una oficina en Amberes gestionaban proyectos para el desarrollo, en Bolivia o algún otro país que caía en la bolsa de refilón, porque gran parte del dinero venía a esta tierra sudamericana para apoyar la resistencia organizada contra la dictadura militar del Gral. Banzer. España no proporcionaba dinero pero si proyectos, y desde allí se sostenía el importante relacionamiento político, que repercutía en toda Europa, desde donde miraban a los españoles como el puente hacia Iberoamérica y lo que ellos opinaban se escuchaba con respeto, finalmente quienes mejores en Europa para conocer lo que aquí pasaba. Nuestro trabajo era trascendente.

Viajé a Madrid por primera vez el año 1978, a modo de darle satisfacción a mi madre que sostenía que un día de esos los milicos me iban a matar, por lo de andar pintarrajeando paredes, transportando panfletos prohibidos y asistiendo a reuniones clandestinas en la universidad; a pedido suyo me presenté a un examen para el ingreso ala universidad española ante la Embajada del Reino y lo aprobé, lo que me permitió levantar vuelo, el más largo en mi vida (hasta ahora me dura) y llegar a Madrid a estudiar la licenciatura en la Universidad Complutense. En el camino al aeropuerto, en el Paseo del Prado en la ciudad de La Paz, una compañera española a la que apodábamos Batu, por baturra, me entregó una carta de presentación a los miristas en España, lo que me permitió continuar desde lejos la aventura iniciada un par de años atrás en el Frente Universitario en la Universidad Mayor de San Andrés, y que duró hasta que el MIR dejó de existir.

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Lo de llegar a ser representante del MIR en España, a mis tan pocos años, fue fruto de un sostenido trabajo que heredé primero de Fernando Aguilar Vasquez, quien retornó en diciembre de 1978 a su Cochabamba querida habiendo terminar un posgrado en cine, y que cristalizó cuando Carmen Pereira Carballo se fue de Madrid rumbo a Washinton, donde Jaime Paz Zamora se reponía de las heridas y laceraciones sufridas cuando la caída de la avioneta en la que viajaba y de la que fue el único sobreviviente, en plena campaña electoral de 1980. Carmen se fue y me tocó reemplazarla, trabando así amistad con los dirigentes del PSOE, de los sindicatos y asociaciones de solidaridad, y del PCE, un partido comunista que terminó apoyando la monarquía y que renegó de la dictadura del proletariado, hasta engrosar las finas de la izquierda democrática europea, con la que yo terminaría identificado. Algo parecido pasaba en Bolivia con lo que llamamos "la izquierda viable", el socialismo se podía construir paso a paso, en victorias parciales, para beneficio de los y las trabajadores(as) y las "grandes mayorías", respetando las reglas y artes democráticas y la libertad. "Socialismo y Libertad", era la consigna. Treinta años después sigo creyendo lo mismo.

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El año 1982 fue un año clave para la democracia, en Bolivia y en España. En Bolivia se reconoció la victoria de la Unidad Democrática y Popular haciendo de Siles Zuazo el primer Presidente de nuestra primavera democrática que hoy empieza a languidecer, y en España los socialistas ganaron el gobierno en el que habrían de mantenerse durante 14 años bajo la conducción de Felipe Gonzales Márquez, un líder que conocí bien, porque al estar mi casa muy cerca de la vieja sede de ese partido, en la calle Santa Engracia casi haciendo esquina con Cuatro Caminos, solía llegar yo muy temprano a organizar mi trabajo y como las oficinas de Relaciones Internacionales estaban también en el sexto piso, Felipe, que también llegaba antes que nadie, le daba vuelta al basurero en la puerta de su oficina y se sntaba allí a leer el periódico mientras esperaba la llegada de su secretaria, momento que era espléndido para conversar con él, de América Latina, de Bolivia y del MIR de ese entonces, que estaba como mi cabeza, lleno de sueños y de esperanzas.

Antonio Aranibar me había llamado a finales de septiembre por teléfono para instruir que allí donde hubiera representantes, se debía conseguir que los políticos amigos más destacados viajaran a La paz, porque D. Hernán Siles Zuazo no podía estar solo el día de su posesión; debían acompañarlo destacados líderes del mundo, como que así fue. Pero para mí eso era un problema, España estaba en el pleno proceso electoral que ganarían en diciembre nuestros amigos socialistas y nadie podía dejar la trinchera de campaña, por lo que decidieron enviar a La Paz a un querido socialdemócrata ya entrado en años, que para ese entonces era el Alcalde de Zaragoza.

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Yo me sentí muy mal, imaginaba a Felipe Gonzales acompañando una delegación solidaria. Entonces se nos ocurrió una idea en el grupo de miristas en Madrid y la compartimos con lo que restaba del Consejo de Defensa de la Democracia, que sin muchos ánimos decidieron apoyarnos. Demos una recepción –dijimos–, a la que invitemos a lo más connotado de la política, la cultura y la sociedad española, en nombre de Siles Zuazo y Paz Zamora, para festejar el nuevo gobierno democrático en Bolivia.

El CONADE tenía un prestigio bien ganado, porque cuando el golpe de Estado encabezado por García Mesa, fue con ellos que tomamos la Embajada de Bolivia a la fuerza y nos mantuvimos en ella varios días, en pleno Paseo de la Castellana, denunciando desde allí a la narcodictadura militar que duró tan poco. Fue desde las oficinas del Embajador William Bluske Castellanos, quien nos dejó hacer lo que debíamos hacer, como a buenos muchachos, hasta que llegó el representante de García Mesa y se sentó en ese escritorio diplomático, para su vergüenza, por el desprecio del mundo a su envestidura. Manfredo Kempff Suarez se llamaba y fue durante meses el Embajador de la narcodictadura, mientras yo encabezaba la representación de la resistencia democrática. Teníamos ganado un lugar en la política democrática española.

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Así que me fui a pedir ayuda a los amigos y me recibió el mismísimo Alcalde de Madrid, D. Enrique Tierno Galván, socialista de prestigio, quien luego de escucharme y emocionado por lo que estaba sucediendo en la épica historia en el centro de Los Andes, me regaló un fajo de billetes y me dijo: "haga la recepción en nombre de su país, yo estaré allí, entre los primeros invitados".

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Y contraté lo más elegante y sobrio posible, donde se realizaban las recepciones y cocteles más sonados de la política, la intelectualidad, la cultura y los de la alta sociedad madrileña, el Hotel Palace en plena plaza de Neptuno, en el centro de la Capital del Reino; preparamos los discursos, los bocaditos y el vino espumoso para la ocasión, nos vestimos de fiesta y el 10 de octubre de 1982 a las 8:00 de la noche, Juan Burgos Barrero, Carlos Agreda Lema, Mercedes Estévez Arias y yo, nos colocamos tras las puertas de los salones, para recibir a los invitados, y observamos con orgullo la fila hasta la calle, frente al Congreso de los Diputados españoles, donde estaban todos, encabezados por el Alcalde de Madrid, seguidos por el dirigente socialista Alfonso Guerra que en dos meses sería el Vicepresidente del Gobierno de España, los obispos católicos, los generales del ejército, los representantes del Rey, un grupo de altos funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores, hombres y mujeres de la cultura, el Cuerpo Diplomático en pleno, con todos sus embajadores vestidos con sus mejores galas y uniformes. Hasta la Pasionaria llegó en su silla de ruedas para rendir homenaje y dar un saludo a la Democracia Boliviana que empezaba a andar.

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Treinta años después, nada está perdido. Lo que debe queda junto a esta mi historia del 10 de octubre de 1982, son otras muchas historias parecidas que suman el aporte ciudadano, en todas las trincheras de la democracia, la igualdad y la libertad, que mi generación levantó para edificar un futuro de paz y de convivencia. Recordar, reconstruir, recuperar para la memoria colectiva, es volver a abrir el único camino posible para el desarrollo sostenible y equitativo de un pueblo que lo merece con creces.

Por lo demás quedan los amigos, aquellos que están en tantas partes del mundo y que compartieron y comparten conmigo las huellas que quedan de semejante camino recorrido.