viernes, 2 de noviembre de 2012

30 AÑOS DE DEMOCRACIA

Oscar Ortiz Antelo
oscar.ortiz.articulos@gmail.com

Estamos finalizando octubre de 2012, el mes en que Bolivia cumplió 30 años del retorno a la democracia, uno de los periodos más largos de la historia nacional de vigencia del sistema democrático como forma de gobierno, frente a la crónica inestabilidad política e institucional que ha caracterizado a nuestro país. Quizás este sea el principal motivo para festejar, la sociedad ha asumido al sistema como la única forma de gobierno que está dispuesta a reconocer, por lo que la legitimidad del voto como fuente del poder se vuelve imprescindible.

Al mismo tiempo, los escasos festejos por los 30 años de democracia son el reflejo de los momentos que vivimos. Una democracia que agoniza, en cuanto modo de vida y de convivencia, basado en el Estado de Derecho, los límites al poder y el respeto a las libertades civiles y a los derechos humanos como fin principal de las funciones del Estado.

No es que no se hubiera avanzado en estas tres décadas. Se construyeron instituciones para fortalecer la justicia y el sistema electoral, se municipalizó el país para acercar el Estado a la gente, se establecieron las autonomías departamentales para reconocer la diversidad de nuestra patria y el derecho al autogobierno de los distintos departamentos, se ha avanzado en el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas y su integración plena a la vida política nacional, se ha ampliado en número y niveles los cargos electivos por voto directo en un Estado que durante la mayor parte de su historia solo elegía al presidente y este designaba a la casi totalidad de los otros cargos públicos.

Sin embargo, vaya paradoja, frente a esta aparente, floreciente y fortalecida democracia, la realidad se confronta a un proyecto de mentalidad autoritaria que, habiendo llegado al poder democráticamente, está destruyendo la democracia desde sus propias bases y fundamentos esenciales. Es la consecuencia directa de la aplicación del llamado modelo del 'socialismo del siglo XXI', que concentra el poder y busca asegurarse la perpetuación en el mismo, mediante la aparente legalidad que le dan su origen en las urnas, mayoría legislativa y control de los sistemas judicial y electoral.

No es casualidad que nuestras autoridades pretendan desterrar el término República y sustituirlo por el de Estado Plurinacional, a pesar de que la Constitución vigente reconoce la República y adopta lo plurinacional como uno de los varios elementos que caracteriza al Estado boliviano. El problema de fondo es que la República se basa en los límites al poder, en su distribución tanto a distintos órganos como a varios niveles territoriales. Por eso el republicanismo es absolutamente incompatible con el autoritarismo.

Hemos avanzado mucho, pero aún no tenemos una democracia plena y este debe ser nuestro principal desafío y responsabilidad hacia el futuro. Ir más allá del voto y convertir la democracia en una forma de vida que garantice la libertad de los ciudadanos, que limite el poder de los gobernantes, que consolide un auténtico Estado de Derecho y que sostenga a la inclusión, a la alternancia y al pluralismo como los elementos fundamentales de la convivencia social.