sábado, 18 de mayo de 2013

BAJO EL CIELO DE AÇAILANDIA

Juan Burgos Barrero
juanburgosbarrero@hotmail.com

En medio de la Amazonia brasileña se encuentra Açailandia, tierra de las exuberantes palmeras de azaí –un nombre evocador y romántico–. Ahora, con la desforestación y la apertura de un complejo industrial se ha destruido la panorámica de la selva original con sus frondosas palmeras. Los moradores de Piquiá de Baixó, en el nororiental Estado de Maranhao, conviven con una elevada contaminación por el hollín que está en el aire, arrojado por las calderas de las empresas siderúrgicas procesadoras del mineral de hierro. De tal manera, que ha convertido este espacio en una catástrofe medio ambiental y social. Sus habitantes sufren las consecuencias, siendo las mujeres embarazadas y los niños las victimas más vulnerables. Cuando nos vamos a concientizar de la necesidad de proteger y restaurar los recursos de nuestro planeta, de lo contrario el futuro de nuestras generaciones será incierto.

Las plantas de industrias siderúrgicas funden el arabio, caliza y el carbón en hornos de altas temperaturas con calderas de tecnología obsoleta, sin filtros. Al final de este anticuado proceso se obtiene el hierro.

Fabrican el carbón que necesitan las plantas quemando troncos de madera en 70 calderas de hornos metálicos, cuyas chimeneas vomitan piras de humo que penetran en la atmósfera. Luego, es transportado en camiones descubiertos a las plantas siderúrgicas instaladas cerca de la comunidad, y que, en el proceso de elaboración del hierro esparce su lluvia toxica a 357 familias.

Actualmente, los habitantes de Piquiá, demuestran en su rostro los impactos de la contaminación por la degradación ambiental. Las plantas siderúrgicas en concomitancia con las otras empresas que le proporcionan la materia prima, genera una terrible polución: tumban los bosques, queman los árboles para hacer el carbón con el cual alimentan los fuegos infernales de las calderas utilizadas en la transformación de minerales básicos a hierro industrial, para satisfacer la incesable demanda mundial de este metal.

El hollín que está en el aire es un polvo de hierro mezclado con carbón, en otras palabras, es un combustible que atenta contra la vida de la gente y del planeta. Este polvo ya se encuentra en las puertas de las casas, en el aire causando permanentemente interferencia al clima. – Sostienen los expertos del cambio climático – que la humareda tóxica una vez en el aire permanece en la atmósfera durante 100 años. De manera que, estamos no solo ante grave crisis medio ambiental, sino ante serios retos de la sostenibilidad del planeta.

Con respecto al cambio climático, debe hacerse un esfuerzo conjunto para frenar las emisiones provocadas por la actividad humana. No dudo que haya en el mundo de hoy una tarea más necesaria, por encimas de los diversos intereses y de las erizadas dificultades. Éste es el desafío planetario del siglo XXI, en opinión de los expertos, bajo las actuales contingencias climáticas, la civilización se encuentra "en zona de peligro" sin que en el horizonte próximo se vean atisbos de mejorías. Los gobiernos de los países, empresarios y sociedad civil, deben asumir un compromiso en la perspectiva de tomar medidas para preservar nuestros los recursos naturales.

Tras lo visto en la comunidad de Piqiuá, que es una aldea acorralada de grandes chimeneas que vomitan de sus calderas una humareda tóxica al espacio infinito. El perímetro de las fábricas bordea los patios de las casas; en el otro ángulo, miles de hectáreas de plantaciones de árboles eucaliptos, en filas como soldados destinados a la producción del carbón reflejando un paisaje que parece un "desierto verde". En esta zona prácticamente se ha agotado los bosques naturales, tal es así, que ya no se encuentran la exuberante belleza natural de las palmeras de azaí. Al frente se observa una especie de duna negra formada por los residuos calientes de las fábricas. Esta montaña deshecho ya se ha cobrado la vida de un niño que subió para jugar. Pero todavía hay más, de las plantas siderúrgicas y del lavado de los camiones, fluye un chorro de agua contaminada que cae al único riachuelo que cruza la comunidad. No es ficción es una realidad lacerante.

En una reunión en la iglesia del pueblo, los líderes comunitarios sostuvieron que las empresas no solamente dañan la salud de sus habitantes, sino que también no cumplen con las normas de la protección del cambio climático. Sus emisiones de gas de carbono a la atmósfera contribuyen al calentamiento global. Las empresas deben modernizar su tecnología poniendo filtros sofisticados de control ambiental. Ahora mismo, los filtros que usan son en efecto "filtros humanos" que son los pulmones de los niños.

La gente de la comunidad limpia sus casas diez veces al día, aun así no se libran de respirar el aire contaminado, que está provocando enfermedades pulmonares, respiratoria y lesiones dermatológicas. Las personas asmáticas y con problemas cardiovasculares no deben vivir bajos estas contingencias climáticas, como lo recomienda el Centro en Enfermedades Infecciosas de la Universidad Federal del Estado de Maranhñao.

La otra opción de urgencia que plantea la comunidad es trasladar a las familias a una zona de un cielo más limpio. De momento, sólo un ganadero que se ha sensibilizado con el problema y ha ofreciendo donar una parcela de tierra; pero la comunidad no tiene recursos para construir nuevas casas y ni cuenta con el apoyo político de las autoridades de Açailandia, municipio que tiene la jurisdicción sobre la zona, ni del gobierno central y, menos aún, que los empresarios haya ofrecido una indemnización por daños y perjuicio. Después de cuatro horas y media de debate, un observador en la reunión comunitaria puso su dedo en el banco donde estaba asentado. Quedo negro porque se había acumulado una briza carbonizada, más o menos, un cuarto de centímetro.

Las plantas siderúrgicas se establecieron en los márgenes de Açailandia en 1988, cuando ya los pobladores ahora tiznados del carbón habitan esas tierras desde la década de los setenta, como lo testimonia la gente y un letrero de la escuela del pueblo que fue construida en 1972. Las empresas Galao y Ferro Este compran el mineral crudo extraído de las minas de Carajás. Este complejo siderúrgico está liderada por la empresa minera privada brasilera Vale. En la actualmente, en ese lugar se producen anualmente 500.000 toneladas de hierro. Luego, la producción es transportada a los puertos del océano Atlántico en las proximidades São Luís, la capital estadual ubicada a 500 kilómetros de distancia.

Entonces, estimado lector, reflexionar que al comprar producto de acero, consciente o no, podría ser que está incentivando el desmembramiento de los bosques y la Amazonia brasileña. De modo que, tendremos que hacer algo para contener este desastre ecológico de consecuencias impredecibles. Probablemente el lector de esta crónica, cuando se sienta a la mesa a comer con los cubiertos de acero entre las manos, se acordara de los moradores y niños de Piquiá.